Lunes, 20 Mayo 2019 06:53 hrs
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¡AL HUESO!

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La economía nacional, sin alfileres, colgada de las uñas al borde del barranco.

Un factor central define la palpable pérdida de dinamismo: desconfianza.

A seis meses del inicio del nuevo gobierno no existe un Plan Nacional de Desarrollo que defina rumbos claros y el país se reinventa a diario, al ritmo y tono de las visiones presidenciales vertidas en sus apariciones matutinas.

El problema de fondo es que sus sumisos funcionarios convierten las ocurrencias en políticas de Estado.

La economía no deja de ser una ciencia voluble, más inexacta que los pronósticos del clima o del futbol, pero igual que en ellos existen parámetros e instrumentos de medición que permiten a los analistas vislumbrar más o menos los resultados esperables.

 Desde su propio y misterioso observatorio económico, el Presidente no se cansa de repetir que vamos muy bien, pero con base en la realidad el más optimista y sereno de los análisis de coyuntura augura para 2019 un PIB anual de apenas 1.4%. Y la mayoría lo sitúan entre 1.1 y 1.2%.

Sí, el dólar se ha mantenido en una franja de estabilidad, pero responde al hecho de que ha perdido terreno a nivel global frente al resto de las monedas. Similar es lo que sucede con la eliminación de los aranceles para aluminio y acero, decisión que responde a intereses puntuales de Washington en su conflicto con China, más que a las exigencias de México y Canadá.

Pese a Trump y sus decisiones a veces incomprensibles, Estados Unidos vive una etapa de dinámico crecimiento (+3.3%). Nosotros, sus socios, no.

Aquí, la inversión va en picada (-2.6%) y el desempleo sube (+4.3%), fenómeno particularmente visible en la Ciudad de México, donde la construcción se encuentra paralizada -45 mil trabajos menos solo por la cancelación del NAIM- y la cesantía ha elevado el delito y la violencia asociada.

Y en lo dicho, el común denominador es la desconfianza, que el Presidente no ha logrado revertir ni siquiera en juntas a puerta cerrada con los principales empresarios nacionales.

Los escucha pero no los oye.

Por ejemplo, para su capricho de la refinería de Dos Bocas desechó todas las opiniones fundadas sobre la conveniencia de otras soluciones más racionales y prácticas.

Sentenció que, como no había expertiz en México, se recurriría a cuatro reputadas empresas globales. Cuando esos expertos señalaron que el presupuesto ni el tiempo eran suficientes, varió de extremo a extremo y afirmó que Petróleos Mexicanos tiene la capacidad técnica y lo hará.

Como resultado, agregó riesgo crediticio a la atribulada Pemex, lo que se traduce en riesgo financiero país, y para frenar el impacto tuvo que recurrir a empréstitos con la banca internacional, lo que había asegurado no sucedería.

Suman en cauda los desaciertos y contradicciones: el tren maya, la cancelación del NAIM, la desaparición de las zonas económicas, de Pro México, del fondo de promoción turística, la del impuesto minero, la pérdida de calidad técnica del gobierno, la desarticulación de órganos de control, una oposición desconcertada y avergonzada, y, sobre todo, la flaqueza de la inversión pública en aras de repartir dinero a diestra y siniestra, con innegables fines electorales.

No es posible así conseguir confianza del quisquilloso capital financiero e industrial, siempre atento a la capacidad del capitán y a la bitácora del barco.

Como en su tiempo sentenció Benjamín Franklin, es más fácil soñar con dos chimeneas nuevas que mantener una real ardiendo.





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