Lunes, 27 Mayo 2019 06:44 hrs
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¡AL HUESO!

del mismo autor

Lo dice la gente, se ve en la realidad cotidiana y las cifras -salvo aquellas- lo comprueban: la inseguridad está desatada.

En una decisión equiparable en irracionalidad y despilfarro a la cancelación del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, la actual administración federal decidió soslayar la Policía Federal y comenzar de cero la Guardia Nacional.

En 1999, Ernesto Zedillo aglutinó en un solo cuerpo a la Policía de Caminos, la de Migración, la Fiscal y otras menores, y con la suma de elementos provenientes de las fuerzas armadas se formó la Policía Federal Preventiva, que posteriormente pasó a ser simplemente Policía Federal.

En 20 años de trayectoria, con desaciertos y prietitos en el arroz, pero también con grandes aciertos y más de medio millar de elementos caídos en acción, se forjó un cuerpo sólido, disciplinado, preparado y muy bien equipado. Miles de millones se gastaron en capacitación permanente para sus elementos en todos los aspectos.

Su labor de inteligencia, por ejemplo, en coordinación a veces fluída y otras no tanto con los cuerpos armados, permitió prevenir y, si no acabar, al menos limitar la operatividad de los grupos de delincuencia organizada.

Claro, hasta que la guerra iniciada por Felipe Calderón y seguida por Enrique Peña -en la que costó diferenciar entre la violencia de la delincuencia y la violencia del estado- nos lanzó a una vorágine de criminalidad que nos mantiene como peor ejemplo mundial.

Para empeorar la realidad, la Policía Federal fue enviada al mictlán. Nadie sabe a ciencia cierta que pasará con ella y los 40 mil elementos están por ende nerviosos y desmotivados.

Al frente, la Guardia Nacional recién en ciernes. Formada solo por algunas centenas de militares y marinos sin o con apenas un barniz de preparación policial y un brazalete GN sobre sus uniformes, es más saliva que garantía.

Cambiar para quedar peor.

En medio de todo, incertidumbre y vacío, que son terreno abierto para la innegable proliferación de la delincuencia organizada, que vuelve desde los drenajes a la luz del sol. Ya no son 10, sino centenas de nuevas bandas, cada cual más violenta.

También en Coahuila, como nos lo demuestra la suma de sucesos recientes que han regresado el temor a la población.

Aunque aquí, según los versados, el problema suma algunas connotaciones locales.

Una: tanto jactarnos de ser de los estados más seguros del país generó en los propios cuerpos de seguridad exceso de confianza y, por efecto, debilitamiento de la alerta.

Simple ejemplo, en los controles carreteros aún hoy es común ver a los elementos en completo relax o incluso vehículos policiales estacionados sin presencia perceptible.

Otra: que los excesos y demérito de Fuerza Coahuila, traducidos obviamente en desconfianza de la ciudadanía principalmente desde el Centro hacia el Norte, limitó la recolección de información de inteligencia.

No de otra manera se explica la evidente e innegable sorpresa de los mandos con el rebrote de la violencia y el accionar abierto y desafiante de grupos delictivos.

Ahora tenemos que recuperar terreno, el que ya -bien o mal- se había ganado.





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