Lunes, 10 Junio 2019 07:27 hrs
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¡AL HUESO!

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            No es fácil dormir con un elefante, refiere un popular dicho plenamente aplicable a nuestra relación con el vecino del norte. Menos cuando al frente de su gobierno hay un troglodita garrote en mano.

            Y sí, la relación binacional nunca ha sido fácil, más allá del histórico despojo de la amplia faja de rico territorio que nos fue arrebatada.

            Sin embargo, si algo había caracterizado a la diplomacia mexicana en el siglo pasado y aún en los inicios de éste, era la capacidad para tejer pacientemente una relación capaz de frenar los constantes embates del vecino y construir puentes de diálogo que se tradujeron en no pocos entendimientos beneficiosos para ambos países.

            Claro, hasta llegar a la actual administración federal, que no ha logrado desentrañar el modo en que Donald Trump juega al futbol político y tiene a nuestro capitán de equipo sin saber para donde moverse, porque no ve el balón.

            Después de la Segunda Guerra Mundial, con el regreso de Estados Unidos triunfante de Europa y Asia, en Washington se asentó el espíritu de dueños del mundo, con un actuar prepotente que al cierre del siglo XX se había morigerado, pero que revivió con Trump.

            Una vieja anécdota refleja ese yo nacional que define buena parte del raciocinio nacionalista de los vecinos.

            En 1953, durante las pláticas que llevaron a la firma del armisticio entre las Coreas, en una reunión en París participaron los cancilleres de los aliados de ambos bandos. Por China lo hizo Zhou Enlai (en ese tiempo Chou En Lai) y por Estados Unidos John Foster Dulles.

            Para Estados Unidos todo acuerdo representaba una amarga derrota. No habían logrado doblegar al enemigo ideológico de la guerra fría, representado por Corea del Norte, la URSS y China.

            Al término de la junta, Zhou estiró la mano para despedirse de Foster, que despreció el educado gesto y se retiró contrariado.

            Los periodistas presentes se volcaron por una reacción del canciller chino, que lanzó en sus palabras el peso de una cultura milenaria: “Cuando mis antepasados eran mandarines, los del señor Foster sembraban papas en Escocia”.

            Por lo mismo, a los americanos les costó décadas recuperar la abolladura en el orgullo nacional que les dejó la vergonzosa derrota en Vietnam.

            A ese espíritu de supremacismo político, Donald Trump suma un par de atributos personales: El odio a lo mexicano, por el fracaso de sus dos intentos de invertir aquí con ventajas indebidas -una de las cuales constituyó un estafa por la cual está denunciado-, y su estilo particular de negociar, llevando siempre a la contraparte al borde del precipicio.

            Es precisamente lo que acaba de hacer.

            Festinan y publicitan como éxito no haber caído al abismo arancelario, pregonan la entrañable amistad entre los dos pueblos y la férrea defensa de la dignidad nacional, pero lo cierto es que la historia recordará este episodio como una flagrante derrota diplomática de México.

            Y así lo entendió y afirmó Porfirio Muñoz Ledo, la voz sensata en Tijuana.

            Porque finalmente Trump ve cumplida la sentencia que dictó desde su campaña electoral: habrá un muro y lo pagaremos los mexicanos.

            Solo que no estará en la frontera norte, sino en la sur. Y los ladrillos se llaman guardia nacional.





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