Jueves, 11 Julio 2019 06:48 hrs
» Opinión

Ítaca

Jefes, renuncias y ambientes laborales

del mismo autor

  • Martes, 16 Julio 2019 06:48 hrs
  • Jueves, 11 Julio 2019 06:48 hrs
  • Martes, 09 Julio 2019 07:03 hrs
  • Jueves, 04 Julio 2019 06:55 hrs
  • Martes, 02 Julio 2019 07:11 hrs

¿Qué tiene en común la inesperada renuncia de Carlos Urzúa a la Secretaría de Hacienda, la explosiva dimisión de Germán Martínez a la dirección del IMSS y la salida del coahuilense Javier Guerrero de la Unidad de Gobierno de la Secretaría de Gobernación?

Aparentemente no hay relación alguna, pero los tres eventos tienen un mismo hilo conductor: son producto de las tensiones, el desgaste, la mala atmósfera que padecen día a día los funcionarios de primer nivel al interior de la Administración de la Cuarta Transformación.

Los tres casos hablan de un ambiente tóxico de trabajo.

Al Presidente Andrés Manuel López Obrador no le ha quedado claro que en plena globalización las instituciones de Gobierno obedecen a lógicas que rebasan los caprichos emocionales, las directrices ideológicas, el sectarismo y los proyectos unipersonales.

Pensábamos que la salida del PRI del poder en el 2000 había dejado claro que el presidencialismo no tiene cabida en el México moderno, pero, dos décadas después Morena se ha encargado de recordarnos que sigue vivito y coleando, resistiéndose a ser sepultado.

El estilo personal de gobernar, de López Obrador asfixia a sus colaboradores.

A muchos de sus funcionarios les amargan los bajos salarios, la ausencia de prestaciones, la insuficiencia presupuestal, la vida privada y la vida institucional siempre en la rayita.

Nadie quiere de vuelta, por supuesto, la desmesura, los excesos de los gobiernos priistas que llevaron a un ufano Enrique Peña Nieto a decir que la corrupción en México es un “mal cultural”. Pero a los funcionarios les agobia la estrechez, la austeridad entendida como sinónimo de precariedad, escasez, penurias, la cruz que se tiene que cargar por el privilegio de pertenecer a la nueva ola gubernamental.

Todo eso es lo de menos, como lo es también el desgaste que sufren los colaboradores del Presidente por tener que seguirle el paso a sus conferencias mañaneras, justificar sus ocurrencias o tener que dar cara para explicar por qué el mismísimo titular del Ejecutivo contradice decisiones de Gobierno y políticas públicas o desmiente a sus propios subalternos.

Pero todo eso, decía, es lo de menos. Lo que realmente preocupa a no pocos miembros de las esferas de la Cuarta Transformación son esas formas del Presidente que bordan los límites del egocentrismo, esa incapacidad para aceptar una realidad que no encaje con sus sueños de trascender para la historia.

Está claro —y es totalmente válido— que López Obrador quiera trascender. Tiene muy claro su diagnóstico: combatir la corrupción, erradicar la pobreza, distribuir mejor la riqueza, abatir la desigualdad, generar empleo, controlar el déficit, desplegar grandes proyectos de obra y apuntalar un Estado social.

El problema es que no sabe cómo y los pocos técnicos y equipos especializados que sí saben se le están yendo o trabajan en un nivel de desmoralización que sólo esperan la menor oportunidad para saltar del barco.

De ser una virtud, la tozudez de López Obrador derivó en necedades políticas que paralizan el quehacer de sus colaboradores y de las instituciones mismas. Su sistema de cuñas políticas, es decir, la instalación de subalternos en posiciones claves para “vigilar” a Secretarios, subsecretarios o directores no es otra cosa que un modelo perfecto de contaminación de la vida administrativa.

El texto de la renuncia de Carlos Urzúa es un diagnóstico descarnado de lo que sucede en la Cuarta Transformación. En dos párrafos el Secretario de Hacienda sintetizó toda una fatigosa forma de gobernar: discrepancias en materia económica, decisiones de política pública sin sustento, extremismos ideológicos, imposición de funcionarios sin conocimiento de la hacienda pública y “personajes influyentes del actual gobierno con un patente conflicto de interés”.

Más que renuncia es una denuncia.

Y eso que seguramente Urzúa se guardó lo que por protocolo y cortesía política no se dice en estos casos: las cosas peores.


Al abandonar el IMSS, Germán Martínez habló en su momento de injerencias perniciosas y tiranías que ponen en riesgo la vocación igualitaria, de justicia y de prestación de servicios de salud. “Ahorro y más ahorro, recortes de personal y un rediseño institucional donde importa más el ’cargo’ que el ‘encargo’”.

Ese control del gasto, dijo, tiene consecuencias fatales: pasillos de espera llenos de personas adoloridas y mal trato o retraso en la atención a pacientes.

No es mejor la situación en otras instituciones. En la Secretaría de Gobernación, por ejemplo, espantan la improvisación, la falta de oficio, la ausencia de una dirección clara, el arribo de funcionarios ineptos y las enormes y complejas cargas de trabajo sin incentivos ni presupuesto. Los ahorros y recortes mal entendidos son los panes de cada día.

La titular de Segob, la ex ministra Olga Sánchez Cordero,  es una excelente jurista, una persona honorable, pero su operación ahí está sumamente disminuida al máximo. La Secretaría se maneja en Palacio Nacional. Doña Olga no da para más. No tardará en despedirse del cargo.

En este marco, no fue casual, entonces, que al ex Subsecretario de Gobernación, Zoé Robledo, le cayera como anillo al dedo su nombramiento como director del IMSS cuando Germán abandonó al Seguro. Tras él, salió corriendo Javier Guerrero, quien ya no veía la puerta de salida dentro de un barco sin brújula ni destino.

Acotado en sus funciones, sin recursos, sin equipo de trabajo, y cansado del golpeteo de los “morenistas” que no terminan de verlo como uno de los suyos, el coahuilense prefirió aventar el arpa e irse al lado de Robledo a un cargo tan complejo como ingrato: la Secretaría General del IMSS.

Vaya, no le importó sacrificar —al menos por ahora— su proyecto político en Coahuila con tal de salirse de un ambiente administrativo y laboral altamente tóxico.

Las renuncias o cambios de aire como los de Urzúa, Martínez y Guerrero no fueron los primeros ni serán los últimos en la Cuarta Transformación. Ya ha habido muchos y hay más en puerta. Lo que preocupa es la celeridad de la erosión gubernamental, la corrosión de las instituciones a causa de un liderazgo autocrático que no sabe leer los signos de los nuevos tiempos.

Ya tendrá tiempo López Obrador de darnos su homilía y echarle la culpa a la mafia del poder, a Felipe Calderón, a Peña Nieto, a Carlos Salinas de Gortari, a la prensa fifí o al neoliberalismo.

Galerín de plomos

En mayo del 2014 el Gobierno de Enrique Peña puso en marcha en Tamaulipas una estrategia de seguridad con tres ejes básicos: desarticular a los cárteles, sellar las rutas del narco y garantizar corporaciones locales "suficientes, eficientes y confiables”. Toda la estrategia fue un rotundo fracaso. Ayer, los Gobernadores de Coahuila, Tamaulipas y Nuevo León, en Ciudad Victoria, lanzaron un plan con los mismos objetivos en todo el noreste.

Una novedad es que la Guardia Nacional se estrenará en operaciones y otra es que más allá de las líneas divisorias los cuerpos de seguridad operarán en los tres Estados sin complicaciones por las jurisdicciones geográficas. La ciudadanía espera coordinación efectiva, trabajo de inteligencia y sobre todo resultados. Cuando se trata de seguridad cansan los rollos y la retórica oficial. Sería bueno saber cómo se van a evaluar los resultados porque los discursos políticos suelen estrellarse en las calles enrojecidas con sangre.





OPINIÓN