Miercoles, 26 Junio 2019 06:59 hrs
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           Otra vez el presidente hizo abiertas referencias a sus creencias religiosas en la conferencia mañanera de ayer. Estas referencias son, cada vez mas comunes, y le han abierto la puerta al presidente para “moralizar” al pueblo saliéndose de temas torales de la administración publica, siendo vago en cuanto a estrategias, datos duros y resultados.  

            La confusión que generan las posiciones santificadas del presidente López Obrador no son otra cosa que un ejemplo de su gran pragmatismo político y la forma camaleónica en que se reinventó para alcanzar el poder en la elección presidencial de 2018.

            El camino y avance de las religiones en México no son otra cosa que la lucha entre Liberales y Conservadores para imponer un modelo de país.

            La historia laica del estado mexicano comienza con las Leyes de Reforma de 1959 que se dieron como un episodio más de la lucha entre Liberales y Conservadores. En esa ocasión fueron los liberales los que predominaron instituyendo uno de los grandes mantos dorados bajo los cuales se dio el desarrollo de México de los siglos XIX y XX, la separación entre Estado y la iglesia.

            Así como muchas otras cosas en México, las leyes que regulaban la relación entre el Estado y las diferentes iglesias se volvieron obsoletas hacia finales del siglo pasado. En 1992 se reformaron los artículos 3, 5, 24, 27 y 130 de la constitución para actualizarla a la realidad de las prácticas sociales.

            A partir de estas reformas fue que se abrió la puerta a la mayor participación e injerencia de los diferentes grupos religiosos, en especial los grupos evangélicos, en un México en el que la Iglesia Católica había mantenido el monopolio de la representación religiosa y la influencia política.

            La avanzada de los grupos evangélicos que hemos visto en México también se ha dado en el resto de los países de América Latina, inclusive con mayor fuerza. La mayor parte de estos son producto de los grupos Pentecostales que surgieron en el siglo XIX en Estados Unidos, que, siendo fuertemente activos y ante el embate de políticas públicas basadas en ideologías liberales como la política de genero emprendió una cruzada de evangelización a lo largo y ancho de los Latinoamérica.

            Aun cuando en las elecciones de 2000, 2006 y 2012 ya existía conciencia del “voto evangélico”, no fue hasta el 2018 que este voto contribuyo fuertemente al resultado. Las iglesias evangélicas tuvieron presencia profunda en la construcción de la candidatura de López Obrador y, a la fecha continúan presentes como un aliado político de peso.   

            Sin embargo, la verdadera influencia de los grupos evangélicos no fue tanto en cantidad de votos como en mostrarle a López Obrador una formula que le permitía congeniar posiciones encontradas, históricamente irreconciliables; la Libertaria y la Conservadora.

            Actualmente vemos que, por un lado, AMLO sataniza a los Neoliberales quienes, por cierto, durante las décadas del los ochentas y noventas empujaron políticas de libertad que permitió el crecimiento y desarrollo de las iglesias evangelistas. Por otro lado, tacha de conservador a todo aquel que no está dispuesto a aceptar sus homilías y políticas a ojos cerrados, cuando fueron los conservadores sus aliados en 2018 y todavía se sientan con él en actos públicos y de gobierno.

            El trasfondo no muestra otra cosa que la gran habilidad de que tiene AMLO de mezclar el agua con el aceite. Este baile entre extremos, con pocas definiciones concretas y muchas referencias ideológicas le permite quedar bien con Dios y con el diablo – o lo que más se le pueda acercar.

            En esta persecución altamente pragmática de sus objetivos, el de AMLO el gobernar por más de tres sexenios, el de los grupos evangelistas el que la palabra de Jesús esté presente en todos los ámbitos sociales, políticos y económicos, la pregunta que me surge es ¿Quién usa a quién? ¿AMLO usa a los grupos evangélicos o los evangélicos usan a AMLO? ¿In God We Trust o In AMLO We Trust?





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