Macho: la guerra es por ti, que no eres Putin
Por César Elizondo Valdez
Ya, con ese encabezado sólo quise captar tu atención. Al final, soy más vendedor que escritor y de todo se vale uno en aras de hacer notar su producto.
Pero también afirmo en el título una incómoda verdad: está guerra tiene que ver contigo y conmigo más de lo que imaginas. Me explico:
No te voy a develar el hilo negro diciendo que todas las guerras son económicas, eso es algo que damos por sentado. No existen conflictos ideológicos, religiosos o futboleros, que lleguen a nublar tanto la razón como para enviar al matadero a miles de jóvenes alrededor del mundo.
Lo que sí existe es una población mundial por arriba de los ocho mil millones de habitantes. Eso es muchísima gente… y todos tenemos la necesidad de comer. Todos. ¿Cómo diablos podría sostenerse económicamente un planeta si no es con respiración artificial?
Allá en la lejana escuela primaria me dijeron que la actividad económica inició con el trueque: algo así como que uno daba el pescado y el otro daba las algas. Parecía una fórmula sencilla, pero en la universidad me dijeron que no.
Resultó que el inventor de la caña de pescar se las ingenió para acaparar los pescados, y, adivina a quién se los vendió: al inventor de la rueda. Este último, supo como transportar muchos pescados y venderlos en abonos, y ahí nació la desigualdad social. ¿Hicieron mal esos empresarios- inventores? Sólo YSQ podría condenarlos.
Luego, la medicina y la ciencia lograron que la vida humana fuera más factible y se impusiera a la selección natural, hubo menos abortos espontáneos, murieron menos recién nacidos y se inauguró una edad que no existía en la prehistoria: la ancianidad. No ocupamos un matemático para imaginar cómo se exponenció la población mundial mientras más bebés nacían y menos adultos morían. Más o menos así fue como pasamos de una aldea africana de nueve mil humanos a los ocho mil millones que hoy somos.
Paréntesis local: aquisito en Saltillo, nuestra vocación industrial nació gracias a la demanda de peltre para abastecer regimientos durante la segunda guerra mundial. ¿Acaso tenemos las manos manchadas de sangre? ¿Cuántos de nuestros ancestros pusieron comida en la mesa fabricando platos que llegaron hasta el campo de batalla? Y todos iban a misa.
Salto hasta nuestros días. Quizá ya no todos vamos a misa, pero todos nos ofendemos cuando estalla una guerra. Y aquí es donde las guerras se tratan de ti: parece inconexo, pero existe un hilo conductor que va desde los componentes de tú teléfono celular hasta la geopolítica, desde la gasolina que gastas en tu auto para recoger a los niños, hasta los conflictos de medio oriente; desde las convenientes y económicas energías verdes hasta los arcaicos yacimientos de carbón que siguen ocupando mano de obra; desde tus zapatos de marca hasta la explotación laboral.
Pero tampoco tenemos las manos manchadas. Hoy tiene para comer un vietnamita porque tu compraste esa camisa en diciembre; hoy se multiplican los trabajos alrededor del mundo porque me muevo en un auto contaminante; en un smartphone de treinta mil pesos cuyos componentes no suman los once dólares, hay una cadena inmensa de beneficiarios económicos. No sólo ganan los villanos que caricaturizan como cerdos insaciables pero que también se parecen en algo a quienes desarrollaron la pesca y la rueda, miles de millones de personas hoy tenemos sustento gracias a la complicadísima balanza que el mundo debe alcanzar para que no nos matemos unos a otros en la calle por un pedazo de pan.
Es por ello que los administradores del mundo hacen cálculos y mueven fichas insospechables para nosotros, para que de forma artificial -vaya paradoja-, la economía de libre mercado siga dando de comer a tanta gente. Aunque sea inventándose otra guerra.
Es triste pero es verdad. Miles tendrán que morir para que millones sigamos viviendo, así, en gerundio. No hay vuelta atrás. Nadie está dispuesto a bajarse de su auto, a dejar su celular ni a sembrar maíz en su patio, eso sería ir para atrás, involucionar le llaman. Pero esto es transitorio, hay un mejor futuro para la humanidad, una especie de utopía.
¿Cómo será la utopía? La tierra con menos gente, la mitad de lo que hoy hay. Humanos de larga vida y recursos suficientes, robotizando la producción, el transporte y lo demás. Un mundo autosustentable, una economía igual. Si, técnicamente la utopía ya es viable, pero económicamente aún no lo es por la imposibilidad humana de dejar en la calle a tanta gente. Suma el número de cajeros automáticos en tu banco y supermercado, luego multiplícalo por el número de sucursales y verás sólo la punta de lo que te digo en cuanto a eliminar fuentes de empleo. Igual a otras épocas de la historia universal, pero con mayor vértigo que antes, los avances técnicos de la humanidad sobrepasaron a la capacidad antropológica. Esto es, el mundo corrió más deprisa de lo que estábamos listos a asimilar, en todos los sentidos.
Mi utopía parece más distopía, porque implica la desaparición de cuatro mil millones de personas. Pero, una vez más, no nos mancharemos las manos: no es que vayan a morir, es que no van a nacer. Tan pronto como en una generación, máximo dos, cosas como la distancia social, la automatización y el vacío existencial, terminarán por reducir drásticamente la población mundial, sin disparos de metralla, sin misiles y sin guerras. Sin pandemias.
No sé si sentir lástima o gozo, pero ya no estaré aquí para ver si eso funciona. Por lo pronto, nuestros destinos están en manos de líderes cuestionados. A ver que dice el Putin, y el presidente de Rusia.