Opinión
Sábado 15 de Mayo del 2021 14:34 hrs

Remembranzas

El destripador de Yorkshire


Una casualidad permitió a la policía detener a un asesinó serial que durante años se les escurrió porque además de cometer una gran cantidad de torpezas investigaban los casos con una visión machista

Cuando vivía en París, desde que tuve el conocimiento suficiente del francés para leer los periódicos (no hay nada más difícil de leer en una lengua ajena que la prensa), leía sobre todo el diario “Libération”, que es de izquierda, cuyo formato (tabloide) me encantaba, y me gustaba mucho, también, la manera en que escribían y presentaban las noticias y sus artículos. Además, tiene (por lo menos tenía en aquella época, de mediados de los años 70 a mediados de los 80) un gran sentido del humor.

Yo vivía, como ya lo he señalado en otras ocasiones, en el 62 de la Rue M. Le Prince, en el sexto piso, sin elevador, y esta calle desemboca, a media cuadra de mi edificio, casi en el cruce del

Boulevard Saint-Michel y la Rue Soufflot, en el Barrio Latino, así que yo, en las mañanas, antes de tomar el metro para ir al trabajo, atravesaba a la esquina de Saint-Michael y Soufflot pues ahí estaba un gran puesto de revistas y periódicos. Le pedía el “Libération” al vendedor y éste, entre dientes, decía para sí mismo, pero suficientemente audible: “Muy encorbatado y pidiendo Libération”. Eso me divertía mucho.

Una de las noticias que seguí con interés en esos años fue la de un asesino en serie que estaba activo en Inglaterra, especialmente en el distrito de Yorkshire. Lo apodaban el Destripador de Yorkshire pues actuaba como Jack el destripador, mataba prostitutas y mandaba cartas a la policía. Eso duró cinco o seis años y fue atrapado por casualidad en 1981. Se llamaba Peter William Sutcliffe y era, por cómo escribía y hablaba en las cintas grabadas que también envió a la policía, bastante instruido.

En la desesperación a que llegó la policía inglesa, pues no avanzaban en la investigación del caso, en el 78 publicaron una de esas cintas que les había enviado el asesino con su voz. Lo que publicaron fue un número de teléfono al que la gente podía llamar para escuchar esa cinta. La idea de la policía era que alguien podría reconocer esa voz y darles una pista. “Libération” publicó el número telefónico y yo llame desde París. Me resultó sobrecogedor escuchar la voz y el mensaje del asesino en serie. Lo escuché muchas veces pues me aterraba, y me obsesionaba saber que la voz que escuchaba era la de un asesino real, que mató a más de 13 mujeres e intentó matar a siete más.

Recordé todo eso recientemente al ver la serie documental de Netflix “El destripador de Yorkshire”, en la cual se explica todo lo que sucedió (y que yo, a lo largo de esos años, fui siguiendo, poco a poco, a través de las noticias de “Libération”), y cómo sucedió, y además se demuestra que la policía inglesa cometió una serie casi increíble de torpezas que les impidió atraparlo antes, entre ellas el hecho de que tenían una visión machista que les impedía ver con claridad lo que sucedía (por ejemplo, la policía estaba convencida de que las víctimas eran prostitutas, cuando en realidad no lo eran, lo cual distorsionó su perfil de las víctimas, su perfil del asesino y sus predicciones).

La historia es más impresionante ahora que podemos verla completa en esta serie documental. En 1981, por casualidad, el asesino fue arrestado y luego sentenciado a cadena perpetua; tres años después logró convencer a las autoridades de que estaba loco y fue trasladado a un hospital psiquiátrico: luego de 30 años, fue dado de alta en su salud psicológica, y fue enviado a una prisión de alta seguridad a continuar con su condena. Y apenas hace unos meses, en noviembre de 2020, murió de coronavirus.

Me acuerdo de que a fines de los 70, cuando el caso estaba abierto, les mostraba a mis amistades el número del teléfono, y les marcaba para que escucharan la voz del Destripador de Yorkshire y quedaran tan impresionadas como yo lo estuve luego de escucharlo por primera vez.

Todavía a mediados de 1979 llamaba de vez en cuando al teléfono de Inglaterra para escuchar esa voz obsesionante. Por esas fechas llegó Jesús, mi hermano, a pasar un año conmigo para aprender francés. Por supuesto, en algún momento le platiqué del caso y lo hice escuchar la voz del asesino, pero a él no le impresionó gran cosa, me dijo que no le entendía nada. Luego, tanto él como Gustavo Roldán, el amigo colombiano con el que compartíamos el departamento, o los dos juntos, me decían, riendo, que ya no fuera morboso, que dejara de hacer esas llamadas.

Finalmente dejé de llamar. Quizá porque 1979, sobre todo la segunda parte, fue un año de viajes —pues llevé a mi hermano a conocer muchas ciudades de Europa— y también de conciertos —pues si mi obsesión era la voz del Destripador de Yorkshire, la de mi hermano eran los conciertos de rock, y también de otros géneros musicales. Yo lo llevaba a los de músicos que yo conocía, como Leonard Cohen, The Kinks y el extraordinario pianista de jazz Kaith Jarret. Y él me llevaba a los de los grupos que él conocía: Jeff Beck, Van Halen, Blondie, The Tubes y David Gilmour (el guitarrista de Pink Floyd, que estaba en tour con su propia banda). Y también fuimos a ver a un grupo que los dos conocíamos: Abba. Esos son los conciertos que recuerdo, pero debimos de haber ido a muchos más, pues íbamos a unos dos o tres al mes. Además, lo llevé a ver un espectáculo de tango en el barrio de la Bastilla, a escuchar jazz a las cavas de Saint-German-des-Prés y a escuchar música popular francesa en Montmartre.

Cuando mi hermano ya tenía un grupo de amigos de la Alianza Francesa de París, se iba con ellos a los conciertos. Yo, por fortuna, ya no recaí en mi adicción a las llamadas para escuchar la voz del Destripador de Yorkshire. Sin embargo, les recomiendo ver la excelente serie de Netflix.

Como esta colaboración es la última, por lo menos de momento, he decidido grabar un audio para que lo escuchen cuando llamen a un número de teléfono que publicaré próximamente. Será una sorpresa. Por ahora, agradezco a mis lectores por haberme leído, y a mis editores por haberme permitido publicar estas anécdotas personales, estos recuerdos que forman parte de la novela de mi vida, pues como diría el cineasta francés Alain Resnais: “La vida es una novela”.