Opinión
Sábado 04 de Diciembre del 2021 07:14 hrs

Remembranzas

Otra manera de ganar dinero


Insospechados secretos guarda en el salón de baile que tiene en su piso inferior un restaurante en París

A finales de los años setenta, cuando decidí quedarme a vivir en París, entré a estudiar francés a la escuela para extranjeros de la Universidad de la Sorbona, la cual se encontraba, y ahí sigue, en Montparnasse, en el Boulvard Raspail, el cual cruza con el Boulevard du Montparnasse. En una de las esquinas de ese cruce, sobre el Boulevard Raspail, estaba una cafetería llamada El Gimnasio, que estaba siempre llena con estudiantes y maestros de la escuela de francés de la Sorbona. Cerca de otra de las esquinas, sobre el Boulevard du Montparnasse, en el número 102, estaba, y ahí sigue, un gran restaurante: La Coupole.

La Coupole tenía varias particularidades. Para empezar, entre su clientela siempre había personalidades, en aquellos años actores como el alemán Bruno Ganz o celebridades como el tenista Yannick Noah. Otra particularidad era que, aunque tenía una carta gastronómica con precios bastante altos, tenía también otra carta, con una cocina igualmente espléndida, pero con precios muy accesibles, y la política del lugar tenía mucho tacto: sus meseros entregaban a sus clientes los dos menús, para que el cliente escogiera de uno u otro sin sentirse ofendido. Un gran sentido de sensibilidad y de marketing.

Otra de sus particularidades, que era un sitio famoso pues ahí se filmaron varias películas, la más destacada “El último tango en París”, interpretada por Maria Schneider, Marlon Brandon y el actor francés Jean-Pierre Léaud (quien actuó en la famosa “Los 400 golpes”, del director François Trauffaut). “El último tango en París” la dirigió Bernardo Bertolucci (quien estuvo nominado al Oscar como mejor director por ese filme, y también estuvo nominado Marlos Brando, como mejor actor). La película causó un gran escándalo, por su tema y por algunas escenas que en esa época fueron consideradas “muy fuertes”. En España no se estrenó sino hasta 1978, y en Italia, país del director, por increíble que parezca, estuvo prohibida hasta 1987.

Las escenas que se filmaron en La Coupole fueron en la parte inferior del restaurante, es decir debajo de la planta baja, que era, o es aún, un salón de baile. La maravilla de ese salón de baile era que tenía un secreto (que no lo era tanto) y que yo conocí gracias a mis amistades francesas que me llevaron para mostrármelo.

Llegamos a La Coupole a cenar como a las 7 de la tarde, y luego bajamos al salón de baile alrededor de las 10 de la noche. Pedimos una mesa y unas bebidas. El salón estaba ya casi lleno y ya había música. Había mucha gente de pie. Ya instalados, mis amistades comenzaron a explicarme el funcionamiento del secreto. Me hicieron ver que casi todas las mesas estaban ocupadas por una, dos o tres damas. Casi no había señores sentados en las mesas, salvo unos cuantos. Luego me señalaron que casi todo el público de pie, alrededor del salón, eran señores o jóvenes, los cuales, muy lentamente, caminaban alrededor del salón y pasaban frente a las mesas. Los galanes se detenían muy disimuladamente, como si estuvieran modelando. Acto seguido seguían su lento caminar. Me tocó ver que alguno de ellos se sentó en alguna mesa donde estaba una o varias damas. Se notaba que no se conocían pues intercambiaron saludos de mano, entonces el mesero se acercó y tomó el pedido del señor, o joven.

Luego me explicaron que esa era otra forma de ganar dinero de esos hombres, pues las señoras en las mesas iban por algún señor, o algún joven que les gustara para llevárselo a su casa o a un hotel.

¿Y cómo se atrevía el hombre a sentarse a la mesa de las damas? Me lo explicaron. Mientras los señores iban recorriendo el salón y medio se detenían frente a las mesas, las señoras colocaban cuadritos de azúcar en la mesa, y con ellos indicaban el precio que estaban dispuestas a pagar por ese galán en particular. Cada cuadro (en realidad “prisma rectangular”) representaba cien francos. Si el hombre no estaba de acuerdo con el precio, seguía caminando, y a la siguiente vuelta, por lo general, había más cuadritos de azúcar en la mesa. Si eran suficientes, el señor pedía permiso para sentarse. La señora le decía que sí, se presentaban y tomaban una copa. Si todo iba bien, más tarde partían juntos. Era un prostíbulo masculino a plena luz de la noche.

Me pareció genial y me admiró la formalidad y la discreción, y sobre todo el juguetón sistema de los cuadritos de azúcar en aquel maravilloso y famoso salón de baile de La Coupole. Pensé que, si yo hubiera dado vueltas alrededor del salón, a mí solamente me habrían dado los cuadritos azúcar.