Opinión
Viernes 04 de Diciembre del 2020 10:35 hrs

Remembranzas

El Mal de Piedra


Con extraordinaria creatividad y detalle, una fotonovela compiló la historia de los principales desarrollos mineros en México

Al regresar de París entré a trabajar en la Dirección de Minas de la Secretaría del Patrimonio Nacional, en la Ciudad de México, pero poco después nombraron a mi jefe como director general de la Compañía Real del Monte y Pachuca, empresa desconcentrada del Gobierno Federal, así que nos fuimos a vivir a Pachuca, Hidalgo.

No teníamos mucho de haber llegado cuando mi jefe me informó que el secretario deseaba que se hiciera una historia, un libro o algo sobre la minería mexicana, para hacerle justicia y promocionarla. Mi jefe se acordaba que yo le había platicado, hacía tiempo, en alguna visita suya a París, sobre una gran amiga mía que hacía telenovelas y fotonovelas, y le parecía que este último podría ser el medio adecuado, ya que las fotonovelas estaban en boga en esa época. Y así, me encargó el trabajo.

Localicé a mi amiga, Luisa Shamar, y le expuse el proyecto. Al poco tiempo nos reunimos y me mostró un resumen del argumento y un presupuesto. Yo, por mi parte, tuve una junta con mis conocidos en la Editorial Novaro, y negociamos que ellos realizarían la distribución nacional de los números que les fuéramos entregando.

Mi jefe aceptó la historia, los presupuestos y la distribución. Hablamos con el secretario y decidió que unas azufreras, que ya desaparecieron, financiaran el proyecto. La Secretaría proporcionó un avión pequeño para trasladarnos a filmar, es decir a fotografiar, cada capítulo. Cada número de la fotonovela sería en una mina diferente del país.

La historia era la de una señora muy encopetada —amiga de un señor Madero, que parecía el presidente de un partido de oposición—, viuda, millonaria y con un hijo que deseaba ser ingeniero en minería. Cuando el hijo le comunicó su deseo la madre puso el grito en el cielo, entonces ella le propuso que antes de tomar ese rumbo visitara las principales minas de México y luego decidiera. Ella confiaba en que el muchacho, después de conocer alguna de esas minas, se aburriría y cambiaría de opinión. En el argumento, el joven se encuentra con un hombre ya mayor, jubilado de una empresa minera, que aceptó guiarlo por las minas de cada estado…

Hice los arreglos con las empresas mineras de cada entidad, tanto las oficiales como las privadas, y emprendimos el viaje por toda la República. Las veces que yo no podía ir, iba Alfredo D’Stéfano en mi lugar, pues trabajaba conmigo. Comenzamos en Baja California, en Santa Rosalía, donde encontramos una iglesia diseñada por Gustave Eiffel, el constructor de la torre que lleva su apellido. De ahí nos trasladamos a Guerrero Negro, la mina de sal más grande del país, que estaba concesionada a una empresa japonesa, pues ellos traían materiales de Japón a California y de regreso se llevaban sal en sus barcos como carga, para estabilizar las embarcaciones, y luego, al llegar a Japón, tiraban la sal al mar. Por cada tonelada de sal pagaban una cierta cantidad en dólares al Gobierno Federal. Esa sal de Guerrero Negro no era necesaria para nuestro país y dejaba buenos ingresos.

Los japoneses que administraban la casa de visita hasta chef tenían, era un lujo estar en esa compañía minera. En las playas de la minera se depositaba la sal de las olas y se formaba otro mar, de sal, petrificado; era muy difícil caminar sobre esa capa de sal pues era sumamente filosa. De ahí nos fuimos a Cananea. Y así fuimos a las grandes minas de cada estado.

En la trama de la fotonovela, el muchacho que quería ser ingeniero en minas iba conociendo no sólo las minas que visitaba sino la historia de la minería de México. Lo que él no sabía era que su madre lo iba siguiendo y era ella la que le ponía muchos obstáculos. Finalmente, resultaba que el viejo que lo guiaba era su abuelo muerto (el elemento sobrenatural de la historia). La madre, por su parte, al ver la pasión de su hijo por la minería iba cambiando de opinión y terminó por aceptar que el joven fuera minero. El último capítulo se fotografió en Piedras Negras, en la mina de carbón de Micare, ahí se reencuentran el hijo y su madre, se despide el abuelo y se produce el final feliz.

Cada ocho días se enviaban a la Editorial Novaro las fotografías y los textos de cada foto, se armaban las páginas, se diseñaba la portada, se imprimía el capítulo y se distribuía en los quioscos de todo el país. La fotonovela, cuyo título era “El mal de piedra”, tuvo mucho éxito ya que en las fotos salían los mineros y ellos mismo eran los clientes de la publicación.