Opinión
Sábado 04 de Diciembre del 2021 07:07 hrs

Ítaca

Infarto en las Fronteras


No parece haber conciencia institucional del grave problema que implican los nuevos patrones de migración, ni del efecto dominó en ciudades y estados. La miopía gubernamental sólo ha alcanzado para construir un muro de contención a pedido de Estados Unidos e iniciar deportaciones masivas

¿Qué mujer embarazada decide dejar su tierra, su trabajo y todas sus querencias para caminar cientos de kilómetros y emprender un éxodo hacia lo desconocido? ¿Qué hombre decide romper con su pasado, renunciar a su patria y abandonar a su familia —o cargar con ella— para emprender una travesía en la que nadie le garantiza su sobrevivencia?

Las imágenes de miles y miles de haitianos bajo el puente internacional entre Ciudad Acuña y Del Río, Texas, son el vivo reflejo de la peor crisis migratoria registrada en México; una nítida estampa de los desafíos del futuro en todo el continente.

Expulsados por la inestabilidad política y económica recrudecida a raíz del sismo de agosto y el asesinato del presidente de Haití, Jovenel Moïse, los habitantes de la isla encontraron en el éxodo el único camino de esperanza frente la inseguridad, el hambre y el caos social. Quedarse, para muchos de ellos, no es una opción. Migrar, desplazarse, es la única puerta de salida hacia la subsistencia.

Acuña, un municipio con innumerables problemas de desarrollo, es hoy el epicentro de la crisis generada por las olas migratorias de las últimas semanas. Sin embargo, no es la única frontera del norte agobiada por los éxodos. Piedras Negras, Matamoros, Reynosa, Nuevo Laredo, Ciudad Juárez, y Tijuana son hoy ciudades altamente presionadas por la escalada migratoria.

Por lo demás, los haitianos no son los únicos habitantes del continente que buscan llegar a Estados Unidos a través de México: cubanos, panameños, salvadoreños, guatemaltecos y hondureños llegan también por miles cada día a México. Eso, sin contar la creciente migración extracontinental de africanos y asiáticos que llegan a nuestro país en busca del sueño americano.

La ola ha generado otro fenómeno asociado que ha venido a cimbrar a los estados del norte: ante las dificilísimas dificultades para pasar a Estados Unidos, ahora Monterrey, Tijuana, Saltillo, Monclova, Ciudad Juárez y prácticamente todas las ciudades de la frontera se han convertido en un destino para los migrantes.

Las fronteras y las “ciudades santuario” son ollas de presión por la imposibilidad de albergar y proteger a las avalanchas migratorias de cada día.

Veamos algunos datos de Acuña, una ciudad de 140 o 150 mil habitantes. De acuerdo con el Censo de Población y Vivienda del INEGI y las mediciones del Coneval, el 30 por ciento de la población vive ahí en situación de pobreza; el 25 por ciento es considerado “vulnerable por carencia social”; el 28 por ciento no tiene acceso a servicios de la seguridad social y el 25 por ciento sufre “carencia por acceso a la alimentación”.

¿Cómo pueden las ciudades ofrecer servicios públicos, seguridad y condiciones de vida mínimamente llevaderas a los miles de migrantes? ¿De qué manera pueden enfrentar los gobiernos municipales todos los problemas derivados de los flujos masivos? Fronteras y ciudades tensas, al borde del infarto, y migrantes en total indefensión bajo el asedio de “polleros”, cárteles y autoridades corruptas.

Los nuevos patrones de migración llegaron para quedarse. No se trata de un fenómeno temporal, sino de un proceso cuya resolución se dará no en dos o tres años, sino en lustros. De hecho, ante las condiciones actuales de opresión y deterioro económicos de países como Cuba, Nicaragua o El Salvador, la migración irá en aumento. Sin un proyecto de desarrollo internacional sostenido y sustentable para América del Sur, las desigualdades e injusticias —y con ellas los flujos migratorios— se han convertido ya en un callejón sin salida.

Por desgracia, no parece haber conciencia institucional de la gravedad del problema ni del efecto dominó en ciudades y estados. El gobierno del presidente López Obrador no tiene políticas internas ni externas que permita vislumbrar nuevos horizontes ni siquiera en el largo plazo.

Ante la complejidad de la migración, la miopía gubernamental sólo ha alcanzado para construir un muro de contención a pedido de Estados Unidos e iniciar deportaciones masivas. Ni diálogos ni soluciones multilaterales ni acuerdos ni mecanismos internacionales de solución: la respuesta es la fuerza de la Guardia Nacional. ¿Recursos extras para las asfixiadas fronteras y las ciudades santuarios? Por favor.

No es de extrañar que la Sexta Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), celebrada el pasado fin de semana en la Ciudad de México, ni siquiera registrara el tema migratorio en su agenda de trabajo. Al final, la dichosa cumbre terminó en una arena de politiquería barata entre populistas y conservadores.

Aquel humanismo presidencial que en enero del 2020 ofrecía hasta empleo a los migrantes y brindaba seguridad y apoyo a las caravanas del éxodo centroamericano quedó pulverizado, estrellado en el muro de la terca realidad.

La incompetencia, la falta de sensibilidad, la paralización y la ausencia de políticas públicas agudiza las inhumanas condiciones de los miles y miles que hoy sobreviven—sin el mínimo respeto a sus derechos— bajo puentes, en plazas o tirados en calles y banquetas. Carne de cañón de todo tipo de ultrajes oficiales y criminales, la nueva ola migratoria vive un día a la vez. No hay esperanza para más. El vacío es ensordecedor.

Galerín de Letras

El presidente López Obrador se confiesa obsesivo: “No me gusta delegar mucho o estar nada más recibiendo informes”. Es decir, no le gusta gobernar, la talacha de gabinete, la gestión pública o la planeación, sino la arena política, las giras, la propaganda y la campaña permanente. Eso explica muchas cosas del actual gobierno: tenemos un obsesivo en la presidencia.

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