Morena: la supuesta izquierda que nunca leyó a la izquierda
La transformación que terminó pareciéndose demasiado al pasado La gran ironía es esta: prometieron revolución, entregaron continuidad.
Dicen que son de izquierda.
Que vienen del pueblo.
Que traen la palabra verdadera.
Que son la luz que por fin ilumina la noche larga del neoliberalismo.
Pero uno los mira caminar
y descubre que esa “izquierda”
no leyó a Marx,
no leyó a Galeano,
no leyó a Mariátegui,
no leyó el libro “la Madre de Gorki
y ni siquiera hojeó Los Agachados de Rius,
esa biblia de bolsillo para entender al país sin pedir permiso.
Y entonces uno entiende:
no son de izquierda.
Son administradores del mismo modelo,
pero con paliacate ajeno y discurso prestado.
La izquierda que presume revolución… desde la comodidad del poder
Prometieron desmontar al viejo régimen,
pero terminaron heredando sus muebles,
sus alfombras,
sus silencios,
y hasta sus proveedores.
Prometieron acabar con los privilegios,
pero las grandes fortunas crecieron como ceibas en temporada de lluvias.
Los 10 más ricos del país pasaron de ~100 mil millones en 2018
a 148 mil millones en 2025.
Un milagro económico digno de Harvard,
pero celebrado con guayabera y discurso anti‑neoliberal.
Porque así es esta supuesta izquierda:
neoliberal en los hechos,
revolucionaria en el micrófono.
El huachicol fiscal y otras artes marciales del presupuesto
Mientras hablaban de moral,
el país veía crecer lo que la prensa llamó
huachicol fiscal,
factureras,
evasión,
simulación,
y redes que operaban como si el Estado fuera un cajero automático sin contraseña.
Y cuando alguien preguntaba,
la respuesta era un poema:
“no somos iguales”.
Y tenían razón.
A veces eran peores.
A veces solo eran los mismos,
pero con una nueva camiseta del equipo.
Los gobiernos que se inclinan ante la violencia
En varios estados, la ciudadanía observó —y denunció—
cómo la frontera entre autoridad y criminalidad
se volvía una línea tan delgada
que parecía dibujada con lápiz mojado.
Territorios donde grupos armados operaban a plena luz del día,
donde la policía se hacía humo,
donde la ley era un rumor,
y donde la gente aprendió que el silencio también es una forma de sobrevivir.
La prensa habló de grupos como La Barredora,
de pactos tácitos,
de territorios cedidos,
de gobiernos que parecían más administradores del miedo
que representantes del pueblo.
Y mientras tanto,
desde el centro del poder,
se recitaba el mantra de “abrazos, no balazos”,
como si la poesía pudiera detener las balas
o convencer al hambre de que espere al próximo informe.
Badiraguato sí, territorio zapatista no
Y aquí aparece la postal más reveladora del sexenio.
El presidente visitó Badiraguato al menos cinco veces.
Cinco.
Un municipio pequeño, remoto, simbólico por razones que todos conocen
y que nadie necesita repetir.
En contraste,
no puso un solo pie en territorio zapatista.
Ni una visita a los Caracoles.
Ni un diálogo con las Juntas de Buen Gobierno.
Ni un gesto hacia la autonomía indígena más emblemática del país.
A Badiraguato fue una y otra vez.
A Oventic, La Realidad, Morelia, Roberto Barrios, La Garrucha…
nunca.
Y mientras supervisaba personalmente la carretera
Badiraguato–Guadalupe y Calvo,
una obra prioritaria de 140 kilómetros,
en Chiapas no construyó ninguna carretera equivalente
en territorios indígenas
Ni un tramo estratégico.
Ni un corredor comunitario.
Ni una obra que fortaleciera la vida de los pueblos
que llevan décadas resistiendo sin pedir nada a cambio.
La geografía también habla.
Y a veces grita.
La transformación que terminó pareciéndose demasiado al pasado
La gran ironía es esta:
prometieron revolución,
entregaron continuidad.
Prometieron justicia,
entregaron clientelismo.
Prometieron soberanía,
entregaron subordinación.
Prometieron acabar con la corrupción,
y terminaron conviviendo con ella,
negociándola,
administrándola,
o simplemente ignorándola cuando venía del lado correcto.
El neoliberalismo, ese enemigo al que tanto culpan,
no murió.
Solo cambió de sombrero,
se tomó la foto con el nuevo gobierno,
y siguió haciendo negocios como siempre.
La izquierda verdadera no se mide por discursos,
ni por colores,
ni por slogans.
La izquierda verdadera incomoda al poder económico,
defiende al que no tiene nada,
y no se arrodilla ante el crimen
ni ante los monopolios
ni ante los intereses que capturan al Estado.
Lo demás —lo que hemos visto estos años—
es solo la administración tropical del mismo modelo,
pero con un relato distinto.
Una transformación que prometió ser histórica
y terminó siendo
una parodia del cambio,
una revolución sin revolución,
una izquierda que nunca leyó a la izquierda.