Paz y Reconciliación
Magnifica Humanitas y los Niños
Cuando la Encíclica pide una alianza educativa para la era digital, está diciendo algo decisivo: la protección de los niños no puede dejarse en manos del mercado tecnológico. Hace falta una responsabilidad compartida entre familias, escuelas, Estado, desarrolladores y plataformas. No basta con enseñar a usar dispositivos; hay que formar criterio, hábitos, atención, sentido del límite y conciencia de la dignidad humana.
La gran virtud de Magnifica Humanitas, primera Encíclica del Papa León XIV, es haber entendido que el debate sobre la inteligencia artificial no es solo un asunto tecnológico, sino profundamente humano. Es, en realidad, una discusión que toca el núcleo de cualquier civilización: cómo se forma una persona.
Y entonces, hay una pregunta que se vuelve inquietante: ¿Qué tan poderosa puede llegar a ser la IA si ya está interviniendo silenciosamente en cómo los niños perciben el mundo? Ahí, justo ahí, es donde el documento enciende la alerta.
El Papa advierte: “La Inteligencia Artificial requiere hoy ser desarmada, liberada de lógicas que la transforman en instrumento de dominio, de exclusión o de muerte”.Esa afirmación, aplicada a la infancia, tiene consecuencias enormes. Un algoritmo que decide qué contenido mostrar o qué emociones premiar, puede educar mal, puede acostumbrar al niño a la gratificación instantánea o a la dependencia de la pantalla y a una relación empobrecida con la verdad, con los otros y consigo mismo.
“Escucho relatos muy preocupantes sobre algoritmos que pueden entorpecer -o de plano impedir-, el acceso a la atención médica, al trabajo y a la seguridad,basándose en datos viciados por prejuicios e injusticias. Junto con estas voces también ha resonado con fuerza el silencio de quienes no tienen voz cuando se toman decisiones, decisiones que corren el riesgo de generar nuevas formas de exclusión y sufrimiento”, dice el Papa.
La infancia no puede quedar a la intemperie. El caso de los niños ucranianos deportados a Rusia por las fuerzas de ocupación de ese país, demuestra hasta dónde puede llegar la violencia cuando convierte a la infancia en botín de guerra. Arrancarlos de sus familias, indoctrinarlos contraria a su origen, cambiarles el nombre e imponerles otra ciudadanía, no sólo viola el derecho internacional: busca suprimir su identidad.
La dimensión del problema resulta todavía más alarmante si se considera que alrededor de 1.6 millones de niños ucranianos permanecen bajo control ruso, ya sea porque fueron deportados, trasladados por la fuerza o continúan en territorios temporalmente ocupados. Esta cifra refleja una crisis humanitaria de enorme escala que trasciende el ámbito militar y alcanza el núcleo mismo de la protección internacional de la infancia.
Las autoridades ucranianas han documentado 20,570 registros de posibles deportaciones y traslados forzosos de menores. Sin embargo, apenas 2,198 niños han logrado regresar a Ucrania. Cada caso representa una historia de separación familiar, pérdida de identidad y vulneración de derechos fundamentales. La brecha entre el número de menores afectados y aquellos que han podido retornar evidencia la insuficiencia de los mecanismos internacionales para responder con la rapidez y eficacia que exige la gravedad de los hechos.
Esta realidad revela la magnitud del crimen y la limitada reacción de la comunidad internacional. No estamos sólo ante un exceso de guerra, sino ante una política que amenaza con borrar la identidad de un grupo mediante la separación de sus nuevas generaciones de su cultura, su lengua y sus raíces. A la luz de Magnifica Humanitas, la protección de la niñez debe constituir un principio universal e irrenunciable, sin excepciones ni consideraciones políticas.
La exposición fotográfica sobre la ausencia de niños ucranianos deportados ilegalmente por Rusia, Camas Vacías, instalada en el Senado de la República, donde participan el vicepresidente del Parlamento polaco, senadores y diputados mexicanos, así como de los embajadores de Ucrania y Polonia en México, recuerda que esta tragedia no puede quedarse en la estadística ni en la distancia diplomática.
A través de la instalación artística Camas Vacías, se busca visibilizar la situación de miles de niñas y niños ucranianos deportados por Rusia, y abrir una conversación pública sobre la protección de la niñez en contextos de guerra. La instalación convierte la ausencia de los menores separados de sus familias en una imagen concreta del impacto humano de este conflicto.
Cuando la Encíclica pide una alianza educativa para la era digital, está diciendo algo decisivo: la protección de los niños no puede dejarse en manos del mercado tecnológico. Hace falta una responsabilidad compartida entre familias, escuelas, Estado, desarrolladores y plataformas. No basta con enseñar a usar dispositivos; hay que formar criterio, hábitos, atención, sentido del límite y conciencia de la dignidad humana.
La infancia merece una protección reforzada porque es la etapa en la que se aprende a mirar el mundo. En este sentido, la Encíclica de León XIV ofrece una brújula valiosa: la tecnología debe estar al servicio de la persona, no la persona al servicio de la tecnología. Esto significa diseñar entornos digitales seguros, limitar prácticas adictivas y reconocer que la educación humana no puede ser sustituida por asistentes automáticos, por más eficientes que parezcan.
En una época fascinada por la innovación, proteger a los niños de los excesos de la inteligencia artificial puede parecer una postura tímida. No lo es, es la forma más lúcida de defender el futuro. Una sociedad que no pone límites cuando se trata de la infancia,termina sacrificando lo más humano en nombre de lo más novedoso.