Lunes, 01 Julio 2019 07:29 hrs
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¡AL HUESO!

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“Curiosamente, los votantes no se sienten responsables de los fracasos del gobierno que han votado”. Alberto Moravia.

Se cumple un año desde que, al día siguiente de la elección federal, el actual Presidente replegó al mandatario en turno y se tomó el poder al golpe de sus diarios discursos.

Ha sido un torbellino de palabras y hechos que lejos de encaminar a México al prometido y paradisíaco futuro, en los principales aspectos de la vida nacional han representado un evidente retroceso.

Mal que bien, y fundamentalmente apoyada en la confianza que en los 30 años de los vilipendiados gobiernos neoliberales dieron al capital nacional e internacional, la economía mexicana crecía hasta 2018 por sobre el 2%.

Insuficiente frente a las necesidades del país, pero al menos superior al índice de crecimiento demográfico, lo que representaba un ligero mejoramiento en calidad de vida.

Hoy, cuando con cálculos alegres se nos prometió situar el PIB en 4% anual, las expectativas de los analistas han ido persistentemente a la baja y auguran un vergonzoso margen de entre 0.2 y 0.5%.

Factor central, decisiones absurdas e irracionales que llevaron a la pérdida de esa confianza.

De esa realidad económica, signada por el creciente desempleo, se deriva la crisis mayor en seguridad pública, donde las estadísticas muestran los peores niveles históricos, con un promedio negro que ha llegado a 100 muertes violentas diarias.

Crecimiento de los asesinatos, secuestro, extorsión, robo y proliferación de la delincuencia organizada, resultado de la improvisación que desecha lo poco bueno construido y termina en una militarización que la ciudadanía ha rechazado.

Si en su conjunto esos factores representan una flagrante debilidad como país, ésta se agrava con la polarización nacional, alentada desde el discurso presidencial en que cualquier discrepancia con los úcases matutinos merece la hoguera de corrupto o fifí.

En la homilía presidencial no hay espacio para el entendimiento y la concertación, para el fortalecimiento de la Nación por la vía del acuerdo y la suma de voluntades.

Y peor nos ha ido en materia de soberanía.

La candidez de pretender lavarse las manos ante el complejo fenómeno de la migración ha terminado por llevarnos a uno de los peores momentos históricos, subordinación total ante Washington, solo comparable con los desastres de López de Santa Ana.

Los mexicanos de corazón amplio, que llegamos a situarnos como respetado símbolo mundial por una política exterior capaz de impulsar soluciones a los más complejos conflictos, precursora y defensora en todo foro de los derechos humanos más amplios, hoy actuamos como obedientes policías del imperio.

Lo hacemos con ese muro virtual que muestran las ignominiosas fotografías de mujeres y niños acorralados por la milicia disfrazada de agentes de migración.

Con un país enflaquecido en lo interno y externo, en esencia no hay nada que celebrar.





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