¡AL HUESO!
Huey tlatoani
Abrigada bajo una popularidad con pies de barro, la Presidenta disimula la exasperación de vivir el día a día bajo múltiples presiones internas y externas, cada vez con menos recursos para disimular la adversa realidad, pero utilizando todo el poder disponible para asegurar la permanencia a cualquier precio.
“En este país… se presume la ley en discursos y se viola en los hechos”. Javier Coello Trejo.
Aunque se esfuerza, busca formas de alimentarla y como todo político se solaza con ella, la Presidenta sabe a bien que la popularidad de la que goza (un promedio de 61%, según diversas encuestas) no tiene solidez de base y está cada día más amenazada por los magros resultados que va mostrado su gobierno.
Ambos factores motivaron, precisamente, la invención de celebrar en CDMX y plazas de todo el país su triunfo en las urnas. La popularidad tiembla y hay que reforzarla, pero ayer el ensayado tono fuerte del discurso más que mostrar liderazgo reveló agobio.
Hay tensión. Tras la Puerta Mariana, la obligada sonrisa pública se trastoca en un frío ambiente generado por el mal carácter de una persona exasperada, con regaños destemplados, exigencias inalcanzables y la cosecha de un silencio forzado, anulador de verdades que no quiere oir. En ocasiones, las asperezas llegan hasta los ciudadanos.
Al revisar los cambios en el gobierno es deducible como, por esas consideraciones, algunos cuadros valiosos del equipo inicial decidieron el desembarco con cualquier excusa.
“AMLO y yo somos lo mismo, somos el mismo proyecto”, afirmó en Tabasco, bien fortaleciendo el cobijo ante una gestión que no vislumbra salidas o con jiribilla, porque sabe estar pagando los costos de una herencia multifacética nefasta, un cerco que en lo político le maniata e impide su propio tono.
En la calle, la voz común coincide en que la parálisis económica, reflejada en las propias cifras oficiales, está afectando la existencia diaria del ciudadano, mientras que en el factor decisivo para revertirla, el empresariado, imperan la cautela y la desconfianza. Salvo Slim, claro, quien siempre se acomoda y solo se queja porque no le otorgan más
Frente a ello, se intenta diario sostener una realidad ficticia, llena de justificaciones, de acusaciones a otros, de desmentidos forzados y agresiones que van perdiendo efectividad en el choque con la realidad incuestionable de los hechos.
Increíblemente, nuevo fenómeno socio-político muy a la mexicana, ataduras y fracasos que la lastran son convertida por nuestra compasiva alma popular en un factor de apoyo: “pobrecita, debe lidiar con tantos problemas”. De allí, buena parte de la popularidad.
Y no, no es así. Como integrante destacada del grupo en el poder y como candidata, conocía y/o fue informada del estado real en que su mentor y padrino le entregaría el cargo y aceptó recibirlo en esas condiciones, políticamente atado y economía en caída.
Porque, efectivamente, el proyecto es el mismo. A partir de una mayoría parlamentaria truqueada, con una oposición engrillada por su pasado e incapaz de constituirse en opción, ella ha profundizado en forma acelerada la regresión democrática de México iniciada por Andrés López, con dos objetivos puntuales subyacentes: maximizar la centralización del poder en el Ejecutivo y asegurar la permanencia del grupo.
No ha logrado un gobierno competente, con capacidad para resolver la multiplicidad de crisis que hoy enfrentamos, pero si ha sido eficiente en culminar el objetivo político, captura y prolongación en el poder, tarea que, esa sí, ha asumido con decisión.
Basta revisar sus declaraciones y actuaciones para comprobarla en papel femenino de nuestros antiguos huey tlatoani, que ejercían poder omnímodo desde lo alto de su majestad.
Sin disimulo, ha coartado al límite la función primaria del parlamento, al imponer a través de constantes ucases la obligación a los miembros de su partido de aprobar sin reflexión -y sin siquiera leer- las iniciativas que han dado paso a la reversión democrática.
Solo ha topado en pared cuando requiere mayoría constitucional y sus rémoras aliadas se niegan en defensa propia o elevan el precio de sus votos.
Sin disimulo, aunque fingió suspender su militancia para “gobernar para todos”, maneja MORENA sin control remoto, habla por el partido y fija reglas a dirigencia y militancia.
Sin disimulo, cuando afirma defender la autonomía de la Fiscalía General de la República, asume explicaciones jurídicas que cabrían a la institución (no pocas veces erra, además) y le gira en público instrucciones apenas encubiertas bajo su verbo.
Es innegable que, ante la ardiente realidad de un país dominado por el delito y la violencia, determinó abandonar la tolerancia de su mentor y se vio obligada desde el inicio a una acción de combate que ha significados avances, como disminución diaria de homicidios.
Pero ahora pisa en tabla floja y las complicidades la arrinconan, porque ese éxito resultó búmeran. En todos los casos de delitos de relevancia -huachicol, fentanilo, narco financiamiento- resultan implicados personeros relevantes de su propio grupo.
La inmoralidad de los suyos es el talón de Aquiles de una Huey Tlatoani que desde dentro y desde fuera ve minado el camino e intenta ahora cerrar el círculo del control político con el poder para anular comicios con resultados desfavorables, o prolongar en el cargo a magistrados electorales cuyo servilismo está fuera de duda.
Son acciones que, en el fondo, demuestran temores ante una dudosa mayoría en la proyección hacia un futuro que ya cobra cuentas.