¡AL HUESO!
¿Y el fútbol apá?
Bajo la natural alegría y pasión que cada cuatro años genera una cumbre deportiva como el campeonato mundial de fútbol, en la actual edición en curso se han evidenciado el deplorable lucro de la FIFA, los extremos en la comercialización y, lo peor, el juego político de sus directivos.
“El fútbol es la cosa más importante de las cosas sin importancia”. Jorge Valdano.
Aún queda mucho tiempo para comprobar si este campeonato mundial deja huella en cuanto a la calidad del fútbol practicado, pero desde ya está claro que pasará a la historia por la usura de la FIFA y sus excesos en la comercialización… y sus silencios.
Lo primero, su miserable sumisión ante el trato prepotente dado por Estados Unidos al equipo de Irán, hechos totalmente reñidos con los valores y el espíritu deportivo.
Y el lucro: son mínimo ejemplo el aumento a 48 equipos, con algunos que no ofrecen más que corazón, y la supuesta humanidad de los minutos de rehidratación, una manipulación estilo “mañanera” para permitir anuncios intra-juego de las televisoras.
El 80% de los ingresos por venta de boletaje y derechos como trasmisión, exclusividad, patrocinios, publicidad y otros, van directamente a la Federación Internacional y si ya la anterior justa, que se desarrolló en Catar en 2022, generó críticas por los altos costos generales, con Gianni Infantino en 2026 se ha llegado a un extremo insultante.
De acuerdo con cifras presupuestales de la propia FIFA, con este campeonato el organismo espera obtener ingresos por 9 mil millones de dólares, de los cuales poco más de 3 mil corresponderán a venta de boletaje en los tres países y el resto a derechos y patrocinios. Las cifras representan tres veces más de lo obtenido en Catar.
Para encubrir y justificar, la Federación ha lanzado cifras alegres que a los pocos días se están demostrando falsas: en una presentación oficial a los gobiernos de Canadá, Estados Unidos y México (revelada solo en USA), Infantino y su equipo afirmaron que la economía regional tendría un impacto positivo de 41 mil millones de dólares, con la generación de 185 mil empleos (serán temporales, por poco más de 39 días de juegos).
Financieros internacionales que han estudiado los efectos económicos de los campeonatos desde la década de los años 80, entre ellos Víctor Matheson, citado por el periódico El País, opinan que que esos datos no son serios y hay que entenderlos como publicidad.
Como él, otros analistas señalan que el beneficio económico real será marginal y toman el caso particular de Estados Unidos. No solo la bolsa casi completa de ingresos pasa directa a la FIFA, sino que numerosos estudios sociológicos muestran que el ciudadano americano presupuesta cierto nivel de gastos para entretención y en caso de contagiarse con el entusiasmo -el soccer sigue siendo un deporte menor- solo reemplazarán el destino.
Para el caso de México, la situación no es mejor. Estudios también demuestran que el mayor gasto de los ciudadanos durante grandes atracciones deportivas, es seguido con una baja en el consumo durante los meses posteriores. Lo mismo que la productividad, que decae durante la temporada de juegos, más si algunos se efectúan en casa.
Peor nos va en términos de gastos. Mientras en Canadá y Estados Unidos prácticamente no hubo nueva infraestructura deportiva (donde carecen de estadios de soccer se están utilizando los de americano), tampoco requirieron gran inversión en la preparación de las ciudades para recibir a los aficionados foráneos y su mayor gasto lo han representado los operativos de seguridad para garantizar la tranquilidad dentro y fuera de los estadios.
Aquí, los pronósticos de efecto económico esgrimidos por Mikel Arriola, presidente de la Federación Mexicana de Fútbol, parecen más alegres e irresponsables que los del propio Infantino, al estimar más de 2 mil 500 millones de dólares, 105 mil empleos temporales y crecimiento de casi 1 punto del PIB.
Lo cierto es que, como han informado las agrupaciones de hoteleros, la ocupación no ha pasado de 80%, la propia FIFA con su sistema de fijación de precios de entrada según la demanda no ha llegado a lo esperado y el país, con infraestructura desgastada o deficiente, ha debido enfrentar inversiones que se merman de otros rubros prioritarios.
Sólo la remodelación del Azteca bajo las exigencias de la FIFA costo 5 mil 400 millones de pesos. Otros 750 millones para el estadio en Guadalajara, más 144 en el de Monterrey.
Se debe sumar la inversión ejercida por los gobiernos para parchar la infraestructura urbana y los servicios en las tres ciudades sede, a fin de facilitar el desplazamiento de los aficionados hacia y desde los estadios.
Caso patético, la Ciudad de México. Un gasto declarado de mil millones de dólares, para resultado de obras inconclusas, fallas en los sistemas de transporte, “manitas de gato” hechas y rehechas en vías de comunicación muy deterioradas y operativos de seguridad (exigidos por protestas ciudadanas ante los gobiernos) que complicaron al extremo la asistencia a los estadios y dieron una muy pobre imagen a los visitantes.
En los campeonatos del pasado siglo se censuraba sobre todo la comercialización personal de algunos “estrella” que, por contratos, salarios y participación en publicidad, cuidaban las piernas, su principal activo, por lo cual limitaban su ímpetu en las canchas.
Hoy, la usura de la FIFA ha superado con creces ese fenómeno y esperemos que hacia los partidos finales, donde hay jugadores con cotizaciones millonarias en juego, nos permitan disfrutar de un buen fútbol, que hasta ahora se ha visto solo en chispazos.
Al menos, se debe reconocer, hemos tenido un gran beneficio social: la esperanza en el equipo verde, que ha permitido alejarnos del diario alud de sinsabores de la política.