Lunes, 25 Marzo 2019 07:15 hrs
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¡AL HUESO!

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Hace unas décadas, antes de la profesionalización en el manejo de los puertos mexicanos, existían en la operación marítima dos figuras dignas de estar en toda antología de la corrupción: los ¨medio pollo” y los “cuarto de pollo”.

En las sobresaturadas nóminas de estibadores, alijadores y otros, manejadas en aquellos años primero por la SCOP y luego por la SCT, bajo amparo sindical para cada plaza laboral existía un inamovible trabajador que operaba su puesto como un negocio personal.

Mientras desempeñaba otra actividad o simplemente ninguna, el titular de un puesto buscaba un suplente para el trabajo en el puerto, al que entregaba la mitad de su salario pero ninguno de los ingresos adicionales, como bonos, aguinaldos y compensaciones, que muchas veces resultaban mayores que el pago base.

Esos eran los “medio pollo”. A su vez, éstos podían tener también su propio suplente, un “cuarto de pollo”, al que pagaban la mitad de lo que el titular les dejaba a ellos.

Los últimos vestigios de esta cuando menos “muy creativa” modalidad laboral desaparecieron con el reordenamiento portuario de inicios de los 90.

La historia viene al caso por los actuales superdelegados del Gobierno Federal, justificados como forma de austeridad y que a poco andar se han dado cuenta que simplemente no la hacen, porque la compleja realidad se los come.

O atienden a marchas forzadas sus responsabilidades o, como está sucediendo, se dedican de tiempo completo a la sagrada e irrenunciable grilla.

Solución de tono gatopardista, ahora se crea la figura de los subdelegados estatales, encargados de los trabajos que, se había entendido, deberían realizar los superdelegados.

En la práctica, si los iniciales pretores presidenciales habían originado malestar y polémica, la creación de esta nueva instancia representa para los mandos estatales -los de Morena incluidos- una agobiante usurpación de espacio político.

No son ya los delegados por dependencia, que con mediana eficiencia actuaban como bisagra de entendimiento y gestión entre las entidades y la secretaría de cada ramo.

Son, de hecho y cada vez más evidente, una estructura de poder paralela, imbuida del autoritarismo en boga y dotada de los recursos financieros hoy centralizados por la federación, para su aplicación y rentabilidad directas. 

Parte de la actual involución democrática frente a una sociedad aletargada.





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