¡AL HUESO!
Décima cruzada
La mitad de los estadounidenses están en desacuerdo con los ataques a Irán ordenados por Trump, quien esgrime, como en Venezuela, argumentos democráticos bajo los que esconde intereses económicos y políticos personales, entre ellos su alianza con Netanyahu para apoderarse de Gaza y a la vez distraer del caso Epstein.
“Grande es la culpa de una guerra innecesaria”. John Adams, segundo presidente de USA.
Han pasado 7 siglos y en otro contexto, con la justificación ideológica reemplazando a la religiosa, regresamos a una época similar a la de las cruzadas medievales, ahora con parte de occidente -por no señalar exclusivamente a Donald Trump- inmerso en una guerra que supuestamente, solo supuestamente, busca someter al extremismo musulmán.
Extremismo musulmán, porque no todos los que profesan la religión de Alá y Mahoma lo son. Hay una distancia enorme entre los sunitas moderados y los chiitas radicales. Entre ambos, muchos tonos de gris. En Irán, se han impuesto a sangre y fuego los ayatolás chiitas, que encabezaba Alí Jamenei y ahora su hijo Mojtaba.
Sistemáticas barbaries cometidas por la tiranía religiosa no pueden justificar la asonada. Una intervención que, efectivamente, abriera espacio para democratizar el país, solo sería aceptable a cargo de una autoridad internacional de consenso, como la ONU. Y difícilmente lo lograría, porque buena parte de la sociedad acepta a los ayatolás.
Hay hechos clarificadores tras la palabrería para justificar la acción bélica de Estados Unidos e Israel:
No existía agresión concreta por parte de Irán a ninguno de los dos países atacantes. Por el contrario, se desarrollaban negociaciones para garantizar que el futuro de la energía nuclear iraní no conllevara riesgo de derivar en armas d ese potencial.
La Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA), que mantenía bajo observación los sistemas de enriquecimiento de uranio en ese país, negó detectar un proceso con ese fin y precisó que el uranio enriquecido generado estaba lejos del potencial necesario para uso militar. No lo hay ahora ni lo hubo en junio de 2025, cuando bajo esa cobertura Trump probó nuevas bombas convencionales de alta potencia sobre los laboratorios que, dijo, destruyó y menos de un año después revive.
Como consta en la historia reciente, Washington siempre genera excusas para encubrir las verdaderas razones de sus agresiones armadas. Así sucedió con el ataque inventado a destructores estadounidenses en Tonkin, cobertura utilizada para iniciar los bombardeos a Vietnam del Norte. Lo mismo con las supuestas armas químicas en posesión de Irak, que nadie encontró, pero razón sembrada para iniciar la guerra contra Sadam Hussein.
En tal contexto, los ataques sorpresa, sin siquiera ruptura de negociación y que implicaron la muerte de Ali Jamenei y de miles de civiles -niños en escuela entre ellos-, son en términos legales francos asesinatos. Algo peor que el ataque sorpresa japonés en Pearl Harbor, que llevó a Estados Unidos a los combates en el Pacífico, el cual fue contra una base militar-naval. No contra instalaciones administrativas o población civil.
En las semanas previas a la agresión, Donald Trump se vistió en palabras como adalid de la democracia. Calificó de inaceptable la represión del ayatolismo a las manifestaciones ciudadanas, que buscaban democratización, y arguyó que acercaban a Washington a intervenir en pro de la libertad en ese país. Otra asonada ilegal, Venezuela, lo desnuda: allí, tras el ataque armado, sigue el mismo régimen, con otra cabeza, ahora entregado a las ambiciones económicas del autócrata estadounidense y sus amigos.
¿Cuáles son las aparentes razones subyacentes, entonces, para abrir la Caja de Pandora de una especie de moderna guerra santa oriente-occidente?
Una de las suposiciones consideradas por analistas mundiales, tanto para Trump como para el israelí Netanyahu, es el desgaste político interno de ambos de cara a sendas elecciones, bajo la idea de que una “defensa de la patria” fortalecería su posición. En Estados Unidos no ha funcionado. Casi la mitad de los ciudadanos se declaran en contra del ataque (43%) y menos de un tercio (27%) lo apoyan.
En el caso de Israel, efectivamente hay un ingrediente de sobrevivencia, porque pesa la histórica y acentuada rivalidad con los chiítas, con esporádicas agresiones directas de Teherán o de los grupos radicales que bajo su respaldo operan en Palestina, Líbano y Siria, los que quieren aniquilar al estado judío.
Los intereses reales de Trump son más mundanos e inician en distraer de las crecientes pruebas de las inmoralidades cometidas con su amigo Epstein. Además, como en el caso de Maduro, asegurar para sus apoyadores petroleros la ampliación y continuidad del negocio. Estados Unidos, mayor productor mundial, requiere importar tipos de petróleo que no tiene, aptos para generar algunos subproductos esenciales, como el diésel. Esos hidrocarburos existen en Venezuela, en países árabes y en Irán, que, adicionalmente, controla el estrecho de Ormuz, por el cual cruza buena parte de los barcos cisterna.
Otro, la alianza personal con Netanyahu, factor en el ansiado proyecto del estadounidense de apropiarse de la franja de Gaza, confinar a los palestinos fuera de ella y desarrollar, también con sus amigos empresarios, un gran centro turístico en el mediterráneo. Todo bajo el argumento de pacificar, reconstruir y desarrollar Palestina. Pero sin los palestinos.
En sentido contrario, esas son las razones subyacentes en la dispersa posición adoptada por los países europeos, desde el rotundo “no a la guerra” de España, al silencio de la mayoría y la disposición conjunta de solo activar fuerzas en términos de protección regional, en caso de una respuesta de Irán que afecte a países de la zona. Ninguno ha hecho un pronunciamiento de respaldo a la asonada trumpiana.
Lo trágico es que los hechos han terminado por demoler la ya dañada y débil legalidad mundial, dejan a la ONU como un organismo inútil, y el mundo, a la deriva, regresa a la barbarie de la fuerza bruta en gran escala.
Un signo ignominioso para la humanidad: en el artero hundimiento de la fragata iraní Iris Dena, que regresaba de participar en un ejercicio naval conjunto con la US Navy y otras marinas: centró la atención el hecho de ser el primer ataque de un submarino estadounidense desde la Segunda Guerra, no los más de 100 marinos asesinados.