¡AL HUESO!
Maldita vecindad
En un mundo con la feble estabilidad trastocada, principalmente en el campo económico, la crisis generada por Trump -y las manos que mueven la cuna tras su figura-, ponen en duda la confianza que proclaman el gobierno federal y la cúpula de la IP sobre la compleja renegociación del tratado trilateral.
“La crisis que estamos viviendo es una profunda ruptura geopolítica”. Emmanuel Macron
Con la mayoría perpleja ante los modos de Donald Trump, el fijar vista en el árbol no deja ver el bosque tras su polémica figura, llena de contradicciones y excesos, mientras los intereses económicos y financieros inmediatos -principalmente de la industria militar-, así como los que mueven los afanes geopolíticos de la potencia, actúan tras bambalinas y han cambiado las relaciones mundiales.
Derrumbado el antiguo y débil marco de entendimiento mundial por el intento de Estados Unidos de rescatar su primacía global en retroceso, cada país ha debido revisar el grado de impacto del cambio hacia un nuevo concierto aún indefinido, particularmente tras el conflicto abierto en Irán, que ha puesto al mundo de cabeza..
Los hay menos y más afectados, entre estos últimos México, dado que desde el gobierno de Carlos Salinas nuestra economía y las perspectivas de desarrollo nacional estuvieron centradas en las potencialidades y ventajas que ofrecía el tratado comercial trilateral.
Mientras el gobierno y la representación formal del empresariado nacional parecen confiados en que la próxima y compleja actualización de términos arrojará un T-MEC con cambios cosméticos, desde la Casa Blanca han adelantado, tanto a México como a Canadá, que debe haber modificaciones profundas o, en definitiva, un abandono del acuerdo para entrar a negociaciones bilaterales.
Mientras Marcelo Ebrard, que debe entenderlo, se ha plegado con matices de diferencia al confiado discurso oficial, el economista franco-mexicano Jacques Rogozinsky, ex director de Banobras y de Nacional Financiera, conocedor del entorno político y de negocios en Estados Unidos, ha hecho públicos análisis más puntuales sobre las razones que hay tras el desinterés de Washington, reiterado por Trump.
De inicio, sostiene que el entorno en que se construyó el acuerdo inicial, que rubricaron Salinas, Bush padre y Brian Mulroney, en un momento mundial conjugado en el libre comercio, era distinto al de la readecuación para continuar con el T-MEC y más al de hoy, donde China con otras naciones asiáticas, así como la Europa unida y fortalecida, representan nuevos factores en juego ante una industria estadounidense debilitada.
Esa nueva situación, sostiene Rogozinsky, llevó la preocupación de Estados Unidos desde la competitividad comercial, lograda con el aporte de México, a la preocupación en seguridad nacional y posición geopolítica. Con esa base, visualiza otros escenarios.
Señala que Trump, complejo negociador, es maestro en la estrategia del “tejo pasado”. Extrema su demanda para y agrede para llegar a lo que específicamente quiere lograr.
En esos términos, bajo el imposible de anexionar a Canadá como nuevo estado de la Unión, lo que realmente interesa es establecer un mercado común con el país del norte, socio más estable y confiable que el atribulado México, con el cual reduciría la relación económica a un juego bilateral con condiciones establecidas bajo presión.
Por la aceptación interna hacia los canadienses y las ventajas de estabilidad y seguridad de largo plazo que representa para la industria americana, ese sería el mejor escenario, dado el rechazo reinante hacia México -extremado por el propio Trump- ante los niveles de corrupción e inseguridad, trabas a la inversión y falta de garantías jurídicas.
“Mas allá del tono, el mensaje es directo: Washington ya no se ve atado al tratado y distingue entre un socio que considera estratégico y otro cuya relación considera prescindible… no se trata únicamente de comercio, sino de seguridad ”, ve Rogozinsky.
Pensar que la industria estadounidense no puede prescindir del tratado, porque perdería competitividad -uno de los argumentos de Palacio Nacional hacia la opinión pública-, el economista lo considera un error: “Estados Unidos… lo único que necesita es decidir en qué sectores mantiene aranceles en cero para ser competitivo y en cuáles no. El comercio puede continuar sin el T-MEC. La asimetría real es otra. Mientras Estados Unidos puede comerciar sin tratado, México lo necesita para ofrecer certidumbre jurídica, atraer inversión y protegerse de decisiones discrecionales”, señala.
Washington puede -abunda- “mantener aranceles cero para insumos estratégicos, imponer restricciones selectivas, otorgar excepciones sectoriales o cerrar mercados enteros por razones de seguridad nacional. No necesita negociación multilateral ni reciprocidad. Basta una decisión administrativa. El comercio no desaparece, cambia de naturaleza. Deja de ser contractual y se vuelve discrecional”.
En ese contexto distinto, la negociación cambia de estatus y del entendimientos entre gobiernos baja al nivel empresarial, en que serían las industrias estadounidenses las que deberían explicar y gestionar ante su gobierno la necesidad de facilitar el ingreso de ciertos insumos desde México, para mantener su competitividad.
Y claro, la representación empresarial mexicana -que realmente no representa- debería interactuar con su contraparte para buscar los espacios que actualmente el tratado les asegura. Pero ya sabemos que quienes ejercen el liderazgo aquí no son precisamente proactivos, tienen como primera prioridad sus propios intereses y como segunda seguir acomodados al paso del gobierno, sin hacer ropuestas que arriesguen polemica.