Opinión
Lunes 30 de Marzo del 2026 09:28 hrs

¡AL HUESO!

Romper el hule


La extrema flexibilidad social en México, pasividad ciudadana que ha permitido y permite determinaciones autoritarias desde el poder que vulneran derechos fundamentales, en las actuales circunstancias del país se sitúa como uno de los factores principales que atentan contra la necesidad de una reforma racional del Estado de cara al futuro.

“Nuestra sociedad liberal terminará paralizada si deja de ser autocrítica”. Octavio Paz.

Teotonio Dos Santos, politólogo brasileño que vivió años exiliado en México durante la última dictadura militar en su país, resumía la elasticidad sociopolítica de nuestra sociedad con dos palabras: país hule.

México, sostenía, es la nación de América Latina más pasiva ante las decisiones autoritarias que afectan el nivel de bienestar de su población. Mientras en otros países un mínimo aumento a la locomoción colectiva puede generar un levantamiento popular, aquí la respuesta es malestar facial y resignación.

Lo hemos comprobado en forma extrema en los últimos siete y medio años, bajo una realidad política en que los cambios legales, realmente decisiones arbitrarias desde el poder central, se imponen en nombre de un pueblo que ha visto limitados sus derechos, las libertades y hasta le han manipulado la formación de lo futuros mexicanos, a los que les muestran la corrupción como un camino de éxito.

Un hecho dramático es la pérdida de libertad personal en casi todo el país, bajo el imperio del narcotráfico ante la incapacidad, complicidad y/o falta de voluntad de las autoridades gubernamentales para cumplir la razón fundamental del Estado: garantizar la seguridad de los ciudadanos.

La limitación al derecho de libre y segura circulación personal, algo que en Coahuila vivimos con el dominio territorial alcanzado por los zetas y su estela de terror, tiempo que felizmente superamos, hoy persiste en la mayoría de las ciudades: solo salir a la calle en ciertos horarios implica un riesgo hasta vital.

Se ha perdido igualmente el derecho a la justicia. El sistema que existía desde la procuración hasta los tribunales era venal y tortuoso. El cambio lo dejó peor. Hoy, además, está supeditado en todos sus niveles a la voluntad política, con mínima garantía de imparcialidad legal para el ciudadano.

Jueces elegidos por azar o por consigna, sin medir su capacidad y experiencia jurídica, no tienen el necesario bagaje para oponerse y cuestionar con respaldo jurídico la consigna hacia los procesos.

Esa renuncia a la obligación primaria del Estado -efecto directo de los “abrazos no balazos”- se ha traducido en una pérdida abismante de imagen país y como efecto ha debilitado nuestra soberanía, la que se defiende de palabra mientras en los hechos se cede tras bambalinas a las presiones caprichosas de Donald Trump.

Ejemplo al canto, el caso de Cuba, sin defender a un régimen fracasado. Ante el cerco energético establecido por el ególatra y su secretario de estado, Marco Rubio, la Presidenta alzó la voz en defensa del derecho de México a mantener por razones humanitarias el abasto preferencial de combustibles, para terminar doblando la cerviz y plegándose de hecho al prepotente bloqueo.  

El México que supo jugar en las grandes ligas, que gozaba de presencia sólida y respeto internacional, cuya voz era escuchada y pudo proponer soluciones a ingentes problemas mundiales y regionales, hoy está minimizado, incluso con sus dirigentes objeto de burlas por sus cantinfleos y contrasentidos.

Lejos están el señorío y la estatura política del Nobel de la Paz García Robles, que logró una América Latina libre de armamento nuclear, como la capacidad concertadora de Rosario Green y Jorge Castañeda, quienes han sido incluso borrados de la memoria diplomática nacional.

Duele señalarlo, pero nuestra flaqueza exterior es parte también de la demeritada situación actual, que marca el retroceso de un México dividido, dañado por decisiones hepáticas y de egoismo político, con ingredientes nefastos como la tolerancia y complicidad con la corrupción, más diario sembradío de odio y desprecio al fundamental pensamiento crítico, único capaz de generar el análisis requerido para definir soluciones eficientes e impulsar la construcción de futuro.

Nos encontramos frente al desafío de romper el hule y estructurar una consciente reacción ciudadana, sin odios, con diálogo que, bajo liderazgos con visión y aspiraciones limpias, articulen el rescate de lo servible de un pasado imperfecto y delineen con participación democrática una reforma que lleve a un nuevo Estado.






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