Opinión
Sábado 22 de Enero del 2022 21:45 hrs

Ni por Decreto, Ni por Dedazo


El fuerte voluntarismo de este gobierno, que desestima la información, la técnica y el conocimiento, le tienden una trampa en la que, mientras más intentan avanzar, más se atora y se aleja el objetivo, y el decreto de esta semana no será la excepción

El decreto por el que el Presidente da instrucciones a las dependencias del Gobierno Federal a otorgar las autorizaciones provisionales necesarias para que su obra pública no se detengan deja entrever la desesperación que invade a la Cuarta Transformación. El tiempo avanza, el final se acerca y la realidad no corresponde a aquella donde se imaginó estar en la segunda mitad del sexenio.

Es natural hacer corte de caja y tener la sensación de que esto ya terminó a una semana de que entre diciembre, con la Navidad encima y a unos días de que comiencen reuniones y posadas, fiestas y rituales que ponen en pausa el trabajo y detienen el avance de proyectos y obras.

La sensación de que todavía hay mucho que hacer, y que queda muy poco tiempo, es especialmente fuerte este año en el que la emergencia sanitaria y la crisis económica mundial no dan brazo a torcer; donde, a pesar de los esfuerzos, con todo listo para arrancar, siempre aparece un nuevo detalle, una nueva situación, algún riesgo inesperado que mantiene al mundo en vilo y a personas, empresas y gobiernos, pasmados, sin poder entrar de lleno a la nueva realidad.

Esa idea que la pandemia cae como anillo al dedo se ve muy lejana para este gobierno, el sexenio de la transformación de la vida pública de México, el que se inauguró con una gran esperanza, reconoce tarde lo que no pudo prever. La realidad se está imponiendo en los resultados actuales y futuros. La duda de que López Obrador cumpla con el mandato recibido se extiende y contagia hasta a sus más cercanos colaboradores, sus más fieles creyentes, sus leales siervos.

Sin importar la posición ideológica o el legado que quiera dejar, el ejercicio de poder de todo gobernante se expresa en tres grandes áreas: la política pública, la obra pública y la trascendencia.

La primera, la política pública, tiene que ver con lo que el pueblo experimenta en su persona; la satisfacción de las necesidades, la salud, la seguridad y las expectativas de desarrollo en lo personal y en su descendencia.

Al transformar el entorno la obra pública da sustento a la política pública y la vuelve tangible, promoviendo su institucionalización y dando pie a la trascendencia del gobernante y a que su proyecto continúe en sucesión por voluntad popular.

En la trascendencia de su política y su obra es donde el político encuentra su máxima meta, la razón de existir.

Pero el fuerte voluntarismo de este gobierno, que desestima la información, la técnica y el conocimiento, le tienden una trampa en la que, mientras más intentan avanzar, más se atora y se aleja el objetivo, y el decreto de esta semana no será la excepción.

Más allá de las encuestas de popularidad, la política pública es ya un fracaso y no se ve pueda cambiar; ni la seguridad, ni la salud, ni la satisfacción de las necesidades más básicas esta garantizada. El desarrollo y la expectativa de una vida mejor para uno y la descendencia se ha esfumado de la mente de los mexicanos.

En la realidad y aun despejándoles el camino, el concretar las obras prioritarias en tiempo para la sucesión, se ve como imposible. Mas valdría al Presidente no tratar de cortar esquinas ni saltarse las reglas, más valdría acatar el mandato de la Ley de Obra Pública y Servicios Relacionados, generar los estudios y obtener las autorizaciones necesarias para asegurar que lo que se hace, se hace bien.

La desesperación de hacer y lograr invade al Presidente que por decreto, por dedazo, por el puro poder de su voluntad busca algo que pueda dejar. No logra ver que, por si mismas, las obras propuestas no lo llevarán a transcender. A lo más a recordarlo como quien no logró otra cosa que dividir, destruir y desperdiciar la gran oportunidad que tuvo de transformar, para bien, este país.