Martes, 11 Junio 2019 07:03 hrs
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La Negociación

del mismo autor

            En una negociación no debe de haber un perdedor. La negociación se da cuando los dos jugadores tienen un área de beneficio común en donde ambos ganan. El objetivo de la negociación es maximizar el resultado para todos.

            Cuando uno de los lados tiene una posición muy débil no hay negociación lo que existe es una imposición. En este caso el lado fuerte siempre abusará de su posición para obtener una ganancia desproporcionada. En los negocios y la política no existe motivación para ceder nada al lado débil.

            Esta es la posición en la que Marcelo Ebrard llegó a Washington la semana pasada. Él no llegó a negociar, llegó a implorar clemencia. Sabía que de darse el aumento de aranceles las secuelas económicas y sociales habrían debilitado a la Cuarta Transformación a una posición de no retorno. De por sí el régimen de López Obrador no encuentra la forma para hacer que la economía funcione y comienza a mostrar signos de desgaste social.

            Lo preocupante para todos los mexicanos es que ha sido el propio Gobierno Federal el que ha hecho de la auto inmolación, el debilitamiento económico y el derroche de su capital político y social su política favorita.

            Como muchas de las cosas malas que Andrés Manuel dice haber heredado de gobiernos anteriores, la posición negociadora en que ambos gobiernos se encontraron la semana pasada no es así. México no tiene el poder económico ni bélico de sus vecinos del norte, pero jugando correctamente las cartas los gobiernos anteriores habían logrado posiciones negociadoras fuertes y equilibradas.

            Con información real, conocimiento y experiencia en temas nacionales e internacionales los equipos negociadores sabían qué hilos estirar y qué botones apretar para utilizar los temas de interés y los miedos a favor del pueblo de México. Como en cualquier estado moderno, durante décadas se ejerció una acción profesional de cabildeo y un análisis detallado de la escena internacional, y la relación bilateral y regional.

            De las primeras acciones de AMLO al llegar al poder fue desmantelar las capacidades de gestión a nivel nacional e internacional. Con el pretexto de la austeridad republicana se ha despreciado a técnicos y estudiosos, y el trabajo que venían haciendo.

            El desenlace era previsible. Si algo ha demostrado Donald Trump es ser un pragmático sanguinario en la negociación. Trump huele y saca provecho de la debilidad del de enfrente. El Gobierno de la Cuarta Transformación le fue poniendo las condiciones en charola de plata. El tema migratorio es uno de los que sustenta la base electoral que lo llevó a la presidencia, la propia población Latina de EE.UU. rechaza la migración masiva ilegal, y el tema comercial es el frente de batalla de la guerra de política económica con los Demócratas que, por cierto, Trump va ganando.

            En su encuesta publicada el 29 de mayo, el Centro De Estudios Políticos de la Universidad de Harvard en conjunto con la encuestadora Harris nos presenta que Trump está en su punto más alto de popularidad desde Junio del 2017. La población de EE.UU. le da crédito a Trump por su manejo del empleo, que está en el nivel más alto del que se tiene registro, la economía que sigue pujante, y el combate al terrorismo.

            Cómo podría haber dejado pasar la oportunidad que se le presentaba de dar mantenimiento a su base electoral, acercarse a los votantes latinos, que de por sí no ven al nuevo régimen en México con buenos ojos, cumplir con una promesa de campaña al forzar a México a crear y pagar un muro virtual en su frontera sur y dar un golpe político a las aspiraciones Demócratas para reconquistar la presidencia en el 2020, todo esto sin costo para él o la población norteamericana.

            El Gobierno Mexicano expuso, por su parte, la incapacidad de ver al ejercicio de gobierno como un todo, en donde si uno estira para cobijar un lado, necesariamente descobija a los otros, la disposición de ceder la nación y comprometer la soberanía por perseguir ideales anticuados, que solo existen en la imaginación de aquellos que todavía creen en los cuentos de hadas, y el que no les importa el derroche y desperdicio de las capacidades institucionales y económicas que tanto nos ha costado a los mexicanos construir.

            Esto no termina aquí; enfrente tenemos 17 meses más de campaña de Trump, en la que se aprovechará de la inocencia de la Cuarta Transformación para trapear el piso con nuestro orgullo nacional. Y, seguramente, tendremos cinco años y medio que, como presidentes de ambas naciones, AMLO y Trump definirán su legado histórico. El de AMLO  se vislumbra similar al de Santa Ana más que al de Hidalgo, Juárez o Madero.





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