Opinión
Sábado 22 de Enero del 2022 20:18 hrs

¡AL HUESO!

Costumbre de la muerte


México se sitúa entre los seis peores países en violencia e impunidad a nivel mundial, debería sorprendernos sociológicamente y movilizarnos nuestra aceptación pasiva del delito, la violencia y la muerte, como una realidad cotidiana casi natural

“La violencia es como una mala hierba; no muere en la peor sequía”. Simón Wiesenthal.

En la salida de una concurrida estación del metro de Ciudad de México, la joven escolar quinceañera fue abrazada por un desconocido que le picó el costado con un cuchillo y la obligó a caminar juntos hacia el camellón de la avenida, donde le obligó a sentarse en una banca simulando tranquilidad.

Revisó sus pertenencias y tras advertirle permanecer sentada 10 minutos, se retiró caminando tranquilamente con el celular, la mochila, su reloj y los tenis. “Te dejo los libros, para que estudies y no termines como yo”, le dijo como ´lección moral´ al retirarse.

Tuvo suerte de no resultar lesionada y el hecho no denunciado, como sucede con 87% de los delitos en promedio en el país, dejó lógica secuela sicológica en la joven y obliga a su familia a acompañarla a todos lados.

En la vecina Cuernavaca, dos sujetos armados interceptaron a una joven que regresaba a su casa desde la universidad y le exigieron entregar el maletín en que portaba una computadora. Se resistió y le dispararon en la cabeza para arrebatársela.

El crimen dio paso a una investigación de oficio, que sin la dedicación debida terminará perdida en los archivos, como sucede en más del 91 por ciento de los delitos de sangre.

Uno más de los frecuentes enfrentamientos comunitarios ocurrió en la mixteca oaxaqueña: Siete personas asesinadas en San Esteban Atatlahuaca, por un conflicto que las autoridades estatales no atendieron cuando debían.

En Quintana Roo, balaceras por disputa de territorios de pucheo causan la muerte de turistas y la autoridad limita el hecho a “enfrentamiento entre bandas de narcos”. Las víctimas, “daños colaterales”.

En Cuauhtémoc, Zacatecas, estado asolado por la delincuencia, el pasado jueves aparecieron 10 cuerpos semidesmembrados , nueve de ellos colgados de un puente. El gobernador justifica infantilmente que los mataron en otro estado y los depositaron allí.

Y así en Guanajuato, Aguascalientes, Guerrero, Chiapas, Tamaulipas, Sinaloa, Jalisco, Ciudad de México, un país sumido en la costumbre del delito y la muerte, que no ocupan atención más allá de alguna publicación y un número más en las estadísticas del horror.

En el delito de mayor impacto, el homicidio doloso, un estudio de Impunidad Cero concluye que el 89 por ciento de los casos terminan sin investigación, sin identificar y detener a los culpables, o sin sanción por deficiencias o complicidad en la procuración.

“Es asunto de narcos” y a un expediente que ahí queda. No hay investigación ni castigo.

No sorprende, por tanto, que México encabece a nivel mundial el recuento de “crímenes por encargo”, de acuerdo con la organización suiza Iniciativa Global Contra el Crimen Organizado (IGGCO).

Tampoco que se sitúe entre los seis peores países en violencia e impunidad a nivel mundial, cuando en tres años de la actual administración suman 110 mil homicidios dolosos, comprendidos 1300 efectivos entre soldados, policías locales y federales, así como 45 periodistas, 70 defensores de derechos humanos y 122 candidatos y políticos en las pasadas elecciones.

Lo que sí debería sorprendernos sociológicamente y movilizarnos, es nuestra aceptación pasiva del delito, la violencia y la muerte, como una realidad cotidiana casi natural.

El último informe del IGGCO, para vergüenza y meditación, situó a México entre los cinco países con mayor incidencia junto a Congo, Nigeria, Myanmar y Colombia, colocándolo a la cabeza en el abanico de delitos que ejecutan los grupos criminales: tráfico de drogas, de armas, de humanos, secuestro, extorsión y depredación de recursos naturales con fines de lucro, entre otros.

Y sentencia que, si bien permanece la venalidad en los organismos de respuesta y control, la situación se agravó con la actual administración, por carecer “de una estrategia de seguridad coherente, y porque los intentos de abordar la corrupción y el crimen organizado están altamente politizados o se usan para avergonzar a gobiernos anteriores”.

Despojado de toda diplomacia, el informe apunta a lo que todos sabemos, el fracaso de la política de “abrazos no balazos” que hoy agobia y ha llevado al dominio de los criminales y ausencia del Estado, como ocurre de Michoacán y Guerrero, flagrantes ejemplos.

Una cifra dura del INEGI, sin los ´otros datos´ del habitante de Palacio para ocultar sus fiascos, muestra que más de dos tercios de los ciudadanos (64.5%) considera vivir bajo algún grado de miedo a delincuencia y violencia. En mayor medida las mujeres (69.1%).

Son indicadores a la par o por encima de los prevalecientes en regiones de agudos conflictos armados como Afganistán, Irak o Siria, por ejemplo, y que deberían irritarnos y movilizarnos a exigir al gobierno, con fuerza ciudadana, el cumplimiento de su primera responsabilidad, la seguridad.

Más aún cuando el problema de la costumbre de la muerte se prolonga a la generación en formación, con casos que deberían provocar indignación y un ¡ya basta!:

En Coahuila, la masacre de Allende ya es olvido judicial y solo la revivieron inescrupulosos como un deplorable negocio turístico.

En Zacatecas, un grupo de niños torturaron y mataron a una pequeña gatita y luego, al estilo de las narcobandas, metieron el cuerpo en una bolsa de plástico y lo arrojaron en la puerta de la casa de la dueña con un mensaje de amenaza.

En Guadalajara, jovencitos golpearon a un anciano indefenso para filmar un video y subirlo a redes.

¿Ese es el país que estamos de la “transformación” y que legaremos?