¡AL HUESO!
Desunidad nacional
Los sondeos de opinión muestran hoy a los canadienses aglutinados y orgullosos de un mando con altura y visión de estadista, dolorosa comparación para nosotros, con una población que compadece a la primera Presidenta como víctima y no la ve como líder.
“Es fácil destruir; los líderes son quienes crean paz y construyen”. Nelson Mandela.
En un mundo convulsionado por el cambio de modos en la relación con la que aún es primera potencia mundial, en cada país la unidad nacional es un factor que juega papel central en el hoy y el mañana. Tres apuntes sobre ello:
Canadá.
Como protección, Europa, China, Brasil, India, habían activado acciones de defensa y/o respuesta a las insanas políticas de Trump, buscando limitar o detener el daño a las frágiles instituciones y los débiles acuerdos que configuran el hoy naufragante “orden mundial”.
En ese contexto surgió en la cumbre de Davos el sorprendente planteamiento del premier canadiense Mark Carney, quien al declarar dañado de muerte ese orden, llamó a definir un nuevo marco de entendimiento y desafió a las que denominó “potencias medias” -nuestro México entre ellas- a la unidad para hacer valer su presencia y sus intereses.
Sorprendentes por su visión y saludadas con un aplauso casi unánime, sus palabras recorrieron el orbe como llamado a la acción, para abandonar el temor a futuras agresiones políticas y económicas surgidas del prepotente voluntarismo trumpiano.
El mayor efecto se dio en el propio Canadá, con fortalecimiento del Primer Ministro y un fuerte sentimiento de identidad y unidad nacional, traducido en respaldo al gobierno de Carney, que ya había avanzado camino al robustecer y ampliar sus relaciones comerciales directas con Europa, China, Vietnam y otras opciones de mercado distintas al TMEC.
Los sondeos de opinión muestran hoy a los canadienses aglutinados y orgullosos de un mando con altura y visión de estadista, dolorosa comparación para nosotros, con una población que compadece a la primera Presidenta como víctima y no la ve como líder.
México.
Tenemos un país debilitado y un gobierno a la defensiva, viendo cada jornada que cede sin admitirlo y una mandataria que lejos de concitar a la unidad nacional, abona a su propia debilidad al fomentar diario el encono y la división.
Al ver que su Plan México se queda en palabras obligadas, pero realidades, la Presidenta se abrió a recibir la opinión de ocho expertos sobre causas y salidas para el magro crecimiento que arrastra el país, fenómeno acentuado en el pasado y el actual gobierno.
Un gesto político que debe aquilatarse como cambio de conducta, y así lo expresaron los participantes, todos especializados en macroeconomía y finanzas, entre otros Gerardo Esquivel, Gabriela Dutrénit, Juan Carlos Moreno, Lorena Rodríguez y Fausto Hernández.
No le fue bien. Primero situaron al propio gobierno -el suyo y los anteriores, sin distinción política- como principal limitante de las potencialidades del país, traducido en las últimas décadas en un crecimiento sostenidamente menor al de otras naciones del subcontinente.
En general, señalaron como factor negativo central la ausencia de un plan de desarrollo de largo plazo, ajeno a los cambios sexenales, y pormenorizaron otros obstáculos acentuados bajo los mandatos de López Obrador y el actual: renuencia a analizar ideas distintas; cambios en las reglas del juego económico, lo que agrega riesgos a la inversión; el error de un actuar político en áreas como justicia, economía, finanzas, energía.
Como acciones necesarias plantearon convocar, escuchar y analizar opiniones de expertos en cada área; una reforma hacendaria para mejor distribución del ingreso y que reduzca el déficit fiscal; mayor inversión pública como activador de la privada; invertir en desarrollo científico innovador; mejorar la calidad del empleo y abrir canales para disminuir la informalidad; establecer garantías de certeza para la inversión privada nacional y externa.
En síntesis, la necesidad de cambiar estilos de gobierno que han terminado por poner al país en un cerco de limitantes, para enfrentar el desafío de construir de manera plural, abierta, un plan integral de desarrollo que comprometa a su vigencia de largo aliento.
Claro, para ello hay condiciones imprescindibles que no cumplimos: confianza en las autoridades, transparencia, castigo real a la corrupción y trabajar en pro de la unidad nacional que hoy debilita el propio sectarismo del gobierno.
Estados Unidos.
Atenidos a la “Regla Goldwater”, la cual prohíbe a los profesionales médicos de la salud mental opinar sobre personas que no han examinado, pocos abordan un análisis de la conducta de Donald Trump y sus actos. Lo hacen quienes consideran responsabilidad social vigilar el comportamiento de un político portador de gatillo nuclear.
Han marcado rasgos nítidos como narcicismo maligno extremo, que se traduce en egocentrismo y grandiosidad infalible, intolerante a la crítica. Algunos, con base en su edad, estiman presencia de demencia frontotemporal que lo lleva a caer en incoherencias y confusiones, estado de inestabilidad mental de alto riesgo por el cargo que ocupa.
Bajo esos conceptos, señalan rasgos que en el accionar durante este segundo mandato en la Casa Blanca se han hecho evidentes: ansiedad de recibir admiración permanente y ataque con dureza a quienes no se la otorgan o desobedecen sus dictados.
Su sobrina Mary L. Trump, sicóloga clínica, en su libro “Too Much and Never Enough” (Demasiado y nunca suficiente), revela como desde la infancia fue impulsado por su padre para mantener una imagen de éxito total, por lo tanto -dice- no puede admitir errores y su cerebro crea realidades alternas para resultar triunfador.
Están a vista de todos las conductas y cabe preguntar como es posible que, a estas alturas del desarrollo humano, sociedades avanzadas elijan esos líderes. Porque no es el único.
MAGA, Make America Great Again, con él como centro obviamente, ha sido eje de acción de Trump e igual que aquí con López Obrador, el resultado no ha sido él esperado.
Estados Unidos es hoy una sociedad polarizada, con creciente censura a las acciones del gobierno, una mayoría ciudadana que rechaza el odio sembrado desde el poder, un país que ha perdido empatía internacional y un mandatario con alto rechazo.
La incursión militar en Venezuela, ideada como muestra de poder, lejos de enorgullecer a la mayoría generó alto rechazo interno y por ende debilitó más la dañada unidad nacional.