Opinión
Viernes 16 de Abril del 2021 17:49 hrs

Historias Electorales; I


Entre el ruido y la confusión es necesario recuperar las historias que nos dan, más que una ilusión, el verdadero sentido de la decisión que, como pueblo, vamos a tomar

En México estamos pasando un proceso sin precedente. Desde el punto de vista macro, nos estamos jugando el futuro del país con la votación del 6 de junio. Sin entrar en controversias ni hacer posicionamientos políticos, queda claro que hay dos visiones de México encontradas. El resultado electoral definirá el avance o contención, en espera de que se retraiga, de la visión que hoy gobierna.

Aun cuando este proceso, que llega a un climax en, precisamente, 60 días, no es nuevo para los mexicanos (si hacemos una cuenta conservadora y fijamos arbitrariamente, un parteaguas en la última elección federal, los últimos tres años hemos estado inmersos en el) el ruido emocional y la confusión intelectual que genera no tiene precedente en el México democrático.

El proceso electoral se vuelve, al parecer, el único tema en la conversación nacional. La salud, seguridad, estado de derecho, economía, educación y cualquier otro tema importante para las sociedad tiene relevancia solo en cuanto tenga relación con el proceso electoral, las posiciones partidistas o las acciones específicas de uno u otro candidato.

En lo individual esta situación causa un torrente de sensaciones y sentimientos. Prácticamente todos los mexicanos que tienen algo de conciencia, unos 110 millones de personas con más de 14 años, tenemos una opinión sobre los partidos y candidatos, y su sola mención nos causa ilusión o nauseas.

Es justo ahí, en el individuo, en el ciudadano donde todo esto toma relevancia. La transición que anuncia el grupo en el poder, su avance o contención, solamente toma relevancia si la situamos en el individuo, en el ámbito personal; el ruido intelectual y la confusión de sentimientos carece de importancia si no otorga a cada mexicano la oportunidad de desarrollar las capacidades propias hasta donde uno quiera llevarlas, procurándonos una vida con un piso mínimo de bienestar y dignidad.

Entre el ruido y la confusión es necesario recuperar las historias que nos dan, más que una ilusión, el verdadero sentido de la decisión que, como pueblo, vamos a tomar.

Comienzo con una historia que no deja de impactarme. Esta, o una muy similar, se repite vez tras vez en las colonias de la ciudad.

— Ese día, nadie me pudo llevar. Como ve, en silla de ruedas es difícil subir los escalones de la escuela. Ahí donde ponen las casillas — nos contaba la señora mientras le pedíamos que fuera más aguerrida y exigiera más.

— Desde entonces no me dan despensa, ningún apoyo. Solo veo como llegan las camionetas con sacos, bolsas y bultos, pero a mi no me dan nada. Siempre son los mismos. Le he pedido que me ayude, que vea mi condición, pero ya me agarró rabia, solo se ríe y me dice que yo no la quise ayudar, que no fui a votar por quien me había dicho. De todos modos cobra diez por la despensa, con eso saco para el cuarto de arriba.

Su esposo había muerto hace “unos ocho años”, sus hijos no viven aquí, la vienen a visitar y le mandan algo de dinerito de vez en cuando. Su hija es quien le ayuda más, pero la tiene difícil.

Lo bueno es que tiene una casita que le dejó su esposo. Ya lleva más de 25 años viviendo en ella. Se apoya mucho en las vecinas a las que tampoco les toca despensa. Entre ellas se ayudan con lo del día. Tampoco le llega la ayuda que dicen que el presidente está repartiendo. — Si me vinieron a visitar cuando empezó este presidente, me tomaron los datos y que, pues me iban a ayudar. A (la vecina) sí le llega, pero ella tiene un número del IMSS, él trabajó en una empresa. Yo, como mi esposo estuvo en la obra, pues no tengo eso — nos cuenta.

De salida nos escucha como le repetimos, con impotencia, que la despensa se compró con su propio dinero, con los impuestos que paga cada vez que compra algo en la tienda. Con resignación se despide y de nuevo nos da las gracias.