Opinión
Sábado 22 de Enero del 2022 20:13 hrs

La Primera Batalla


El triunfo político de lograr un presupuesto a modo es, en sí, una derrota personal de cada uno de los diputados; su representación popular se desvanece; los oficialistas pierden legitimidad y se vuelven irrelevantes

“La masa es siempre intelectualmente inferior al hombre aislado. Pero, desde el punto de vista de los sentimientos y de los actos que los sentimientos provocan, puede, según las circunstancias, ser mejor o peor. Todo depende del modo en que sea sugestionada”.

Gustave Le Bon

Es alucinante la disciplina que López Obrador logra de los legisladores afines en la Cámara de Diputados. El que 273 personas, de orígenes, formación y condiciones diversas, voten por el presupuesto de egresos sin cambiar una sola letra, desechando, sin análisis ni discusión, las 1994 reservas, muchas presentadas por los mismos que las desecharon, es, más que un acto de representación popular, un acto de tribalismo y adoración en torno al Presidente.

Al día siguiente, retornando de la caza, para presentarle su presa y ser exaltados en su bravura y lealtad, se reunieron para “celebrar” su triunfo y dar culminación a la primera batalla del 2022 que, por así requerirse, se lleva a cabo en los últimos días del 2021.

El Presidente, requería demostrar su fuerza. Con todos los descalabros que ha recibido en los últimos meses con su reforma energética pospuesta, la economía que asimila electrocardiograma de muerto, la inflación y el tipo de cambio que se le salen de control, una población agotada sobreviviendo al día y el desmoronamiento de su lucha contra la corrupción y la violencia, era necesario dar una muestra de fortaleza no permitiendo, siquiera, que se le cambiara “una coma” al proyecto que presentó.

López Obrador se impuso sobre los conservadores, esos que, en el pasado, dialogaban y acordaban, con civilidad política, asignando el presupuesto con modificaciones y ajustes a lo que el Poder Ejecutivo, a través de la Secretaría de Hacienda, mandaba. Cuando los neoliberales presentaban y defendían los casos especiales y reservas, aquellos que cada legislador, en representación de su pedacito de México, traía a la mesa. Los, mal llamados, moches; las asignaciones especificas para proyectos locales, cercanos al ciudadano, con beneficios palpables en la ciudad, el pueblo o la colonia, que aseguraba un uso más eficiente de los recursos en la solución de los problemas de las personas.

Con el presupuesto para 2022, sobre todo, con la forma en que se aprobó, no hay representación ciudadana en la Cámara de Diputados, hay dos torvas desdibujadas, una a favor y otra en contra de López Obrador. Al resto de los mexicanos nadie nos representa, sólo lo que el Presidente quiere ver se atiende, lo que vemos 130 millones de mexicanos, la eficiencia y eficacia en la aplicación de los recursos es irrelevante.

El triunfo político de lograr un presupuesto a modo es, en sí, una derrota personal de cada uno de los diputados; su representación popular se desvanece. Los diputados oficialistas pierden más; pierden legitimidad y se vuelven irrelevantes.

La primera batalla del 2022 nos mostró lo que viene en batallas siguiente; la revocación del mandato – si se juntan las firmas requeridas, las elecciones estatales, la discusión de la reforma eléctrica y la que, seguramente, se le juntará en lo electoral; una discusión intelectualmente inferior, sin debate ni llamado a la razón, con llamados al movimiento en masa y exaltación de sentimientos.

La sugestión que el Presidente impondrá será para ganar seis de seis estados y la mayoría calificada en las reformas a la Constitución. En la oposición no encuentran la manera de hacerle frente, extraer emociones, llamando a los instintos de manada, eliminado a la razón. Ganan el debate en los datos pero lo pierden en la acción. Si se muestran unidos no es por mérito propio, es una reacción al Presidente y la exigencia de la sociedad de que se le haga frente.

En las batallas del veintidós, insisto, es necesario que nos echemos para delante los ciudadanos con acción y participemos en favor de una nueva nación. Los partidos, a su vez, tendrán que abrirse a la ciudadanía, terminar con la tradición heredada de la hegemonía política del siglo pasado; dejar que el Presidente la adopte en su Morena, mientras, en la oposición, en reconocimiento de la interdependencia, nos accionamos juntos, sociedad y gobierno, hacia un México próspero para todos.