Opinión
Viernes 22 de Octubre del 2021 06:00 hrs

¡AL HUESO!

Mambrú se fue de albañil


Por decisión de quien prometió regresarlas a sus cuarteles, hoy las fuerzas armadas tienen una presencia en la vida civil igual o mayor que en la etapa posrevolucionaria con un protagonismo que genera problemas y contradicciones

“Nunca entregues una espada a un hombre que no sabe bailar”. Confucio.

Ahora también serán actores de reparto.

Para conmemorar el bicentenario de la Consumación de la Independencia Nacional, el próximo 27 de septiembre, la Secretaría de la Defensa está en proceso de contratar (o ya contrató) a una empresa privada especializada en montaje de espectáculos artísticos.

De acuerdo con el proyecto, la firma seleccionada para la organización, conducción y difusión contará con mil cuatrocientos efectivos del Ejército a fin de concretar la representación que se acuerde.

A la de encargados de la seguridad pública a través de una Guardia Nacional que no guarda; a la de constructores y albañiles de los sueños majestuosos del Presidente en Santa Lucía, Dos Bocas y el Tren Maya; al bloqueo de fronteras a migrantes; a la de administradores de los puertos; a la de operar las aduanas, hacer de controladores aéreos, remodeladores de hospitales, cultivo y plantado de árboles, custodios de pipas de combustible, distribuidores de bienes decomisados, encargados de vacunación, repartidores de libros, de fertilizantes, y así hasta completar más de tres decenas de variopintas tareas, ahora se suma la de improvisados actores.

Esta amplia cauda de labores asignadas ha llevado aparejada la entrega de relevantes partidas presupuestales a los mandos militares, para la adquisición de insumos y contratación de obras. Como han señalado diversos analistas, pocos de esos recursos se han manejado bajo las reglas de concursos públicos, mientras la gran mayoría por adjudicación directa, con la nebulosidad que soslayar las normas conlleva.

Por decisión de quien prometió regresarlas a sus cuarteles, sin embargo hoy las fuerzas armadas tienen una presencia en la vida civil igual o mayor que en la etapa posrevolucionaria y si bien no existe el conflictivo caudillismo de esa época, ese protagonismo genera problemas y contradicciones.

Sus mandos, que aparece como cotidianos acompañantes en la parafernalia palaciega mañanera, han perdido por momentos la tradicional discreción para no involucrarse directamente en temas políticos. Así, mientras el Secretario de la Defensa declara su compromiso con “el proceso de transformación”, su congénere de Marina casi acusa a los miembros del Poder Judicial de delincuencia organizada.

Sin embargo, la principal contradicción es que, cuando más se ha ampliado su campo de acción y están en vías incluso de dejar la simulación y sumar al control directo de la también prometida Guardia Nacional de carácter civil, la seguridad del país -interna y externa, responsabilidad primigenia- se encuentra en el peor momento, con regiones en que el Estado ha desaparecido y la vida de la población es controlada por los delincuentes.

Además, existe inquietud en las propias filas de los uniformados, porque la asignación creciente de nuevas tareas ha significado multiplicar la carga laboral de los efectivos, pero -como se comenta en los cuarteles- “el agua de la regadera no moja a todos”.

Se llegó a pérdida de control interno, con la milicia como el sector más afectado, y se hizo necesario reforzar la estructura, acción iniciada con la creación de una Comandancia del Ejército. La posición hasta ahora inexistente, tiene por objetivo ordenar y fortalecer el mando, desperdigado por la ejecución de tareas ajenas a la función propia.

Las caricias con mano dorada del Presidente para los uniformados tienen doble fin: uno, mantener apaciguada una fuerza que, ante la profundización del enfrentamiento social por él propiciado, pudiese optar por restituir el orden, y dos, de ser posible cooptarlos para dejarlos como herederos garantes de ese proceso de transformación que cada vez más se revela como regresión.

El acontecer político en la pasada semana mostró un creciente deterioro en la cohesión de la cúpula política sexenal, con enfrentamiento cada vez más públicos entre sus integrantes, falta de coordinación en las acciones, así como pérdida no ya de la mayoría imponedora, sino de la capacidad de sus operadores para viabilizar las maniobras y ocurrencias del mandatario.

No resultaría extraño, por tanto, que su esfuerzo de control y cooptación de los uniformados comience a derivar también por senderos alejados de su interés y voluntad.