Opinión
Martes 22 de Junio del 2021 15:52 hrs

Maradona: confieso que he volado


Cuándo ves a los genios elevarse, lo mejor es dejarse llevar, y apreciar bien ese instante, obra o tecnología que han alcanzado, y disfrutar de aquello que esos seres tocados por dios, por la naturaleza o por la disciplina, nos ofrecen para nuestro regocijo

Entiendo a Maradona porqué yo, igual a él, confieso que he volado. No pienses que me iré por las ramas de una alegoría para salir bien librado de esa afirmación. Por volar, metáfora también, me refiero exactamente a eso en lo que estás pensando tan asociado al Diego.

Fue un domingo 22 de junio. Tenía 16 años y un hermano 20 meses mayor. Mi madre y mis hermanas andarían de vacaciones porque no recuerdo nada de ellas en aquel día. Papá, en su papel de padre, nos despertó muy temprano y nos llevó al patio de la casa. Había comprado materiales para que le diéramos mantenimiento al aljibe. Nos indicó que hacer y nos dejó mientras el se fue a hacer lo que hacía los domingos.

Para dos jóvenes en plenitud, sumergirse en un cuartito bajo tierra de treinta metros cúbicos, con una puerta de escotilla menor a un metro cuadrado, no suponía un reto mayor. Una escalera de tijera, tinas, cepillos y brochas. Listos para dejar como nuevo el depósito de agua.

Trabajamos un buen rato con la pintura especial para albercas y convivimos cómo no hacíamos desde niños: todo era risa y camaradería. Fue Pepe quien, en un momento dado, cayó en cuenta de que la falta de ventilación, aunada a la inhalación de disolventes, había producido en nosotros un efecto de euforia, un arrebato de exaltación. En lenguaje llano y universal, nos pusimos high.

Luego de tomar conciencia y, he de decirlo sin rubores ni rodeos, disfrutar de aquello, vino un momento de angustia: me era imposible coordinar brazos y piernas para subir por la escalera. Fue tanta la intoxicación, que salir de ahí fue una proeza de equipo por la que siempre he estado agradecido con mi hermano. Pero hicimos el trabajo.

Luego del susto, la intoxicación cedió poco a poco y para las doce del día todo era bonito, alegre y feliz. Nos sentamos a ver el juego de Argentina-Inglaterra. Mi padre llegó justo en ese momento: cuándo Diego se elevó por encima de Shilton, y con la mano de dios marcó el primer gol para la albiceleste.

Entró al cuarto de televisión y nos encontró riendo a carcajadas. Se sentó junto a nosotros. Nuestra estúpida risa no había mermado cuándo llegó el segundo tanto: Diego gambeteó desde la media cancha a tantos ingleses cómo naciones tiene la Commonwealth, y un disparo cruzado desató en nosotros otra oleada de risotadas ante una mirada entre curiosa y divertida de ese hombre que ya no era padre, volvía a ser papá.

Maradona volvió a cargarse a su selección en Italia 90 y siempre le seguí cómo lo hago desde entonces con otros personajes porque, ahora sí con retórica incluida, me hacen volar sin necesidad de otros potencializadores, cosa que les agradezco.

Me parece estéril discutir si fue mejor Maradona a lo que es Messi, sí es más poeta Benedetti o Neruda, tampoco cuestiono si hay más legado en los Beatles o en Queen. Ni siquiera argumento entre un Samsung o un iphone. Porque cuándo ves a los genios elevarse, lo mejor es dejarse llevar, y apreciar bien ese instante, obra o tecnología que han alcanzado, y disfrutar de aquello que esos seres tocados por dios, por la naturaleza o por la disciplina, nos ofrecen para nuestro regocijo, sin necesidad de otros detonantes además de la gracia que ellos tienen.

Por eso, me quedo con las genialidades de Mercury, Diego o Van Gogh. Me hago de la vista gorda a sus traspiés, los escondo con los míos, allá donde guardo las piedras que no he de lanzar, en el fondo de un aljibe, en la casa de mi padre.

cesarelizondov@gmail.com