Opinión
Viernes 22 de Octubre del 2021 04:04 hrs

¡AL HUESO!

Prepotencia e Indolencia


Esa comunicación diaria, manejada con la participación de preguntadores designados, ha conllevado resultados negativos, desde un demeritamiento en el respeto a la investidura presidencial, hasta una preocupante polarización ciudadana

“La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida”. Octavio Paz.

Polemiza sin contraparte, sentencia sin ser juez, decide sin atribuciones, filosofa sin nivel y el resultado es un discurso diario ramplón, ajeno a lo esperable de un jefe de Estado.

En las diatribas matinales hay mucha regresión a sueños de un pasado que no fue glorioso, pero se carece de profundidad en el análisis del presente y de imaginación de futuro.

El singular estilo sexenal de gobernar desde la prédica matinal ha generado adicionalmente al menos dos conductas perniciosas -prepotencia e indolencia- que están apareciendo bajo la superficie de los sucesivos problemas que arrastra o surgen en el país.

Conductas que se suman a las contradicciones, como por ejemplo insistir en la honestidad de su entorno cuando cada día se agregan nombres a la lista de la nueva corruptocracia: Bartlett, Delfina, Eréndira, Felipa, García, Guadiana, Guevara, Lomelí, Martín, Napito, Pio, Romero, Scherer, Yeidckol, Zoe…

Más allá del recuento de falsedades o señalamientos no comprobables que se difunden desde el púlpito de Palacio Nacional -tarea asumida por la consultora Spin-, un análisis de los temas abordados muestra otra dimensión de las actitudes y distorsiones que el discurso diario genera en la vida nacional.

La explotación de ese estilo comunicacional ha permitido al Presidente mantener una presencia constante, fijar la agenda en torno a la cual gira la mayor parte del día político, y dictar derroteros a sus seguidores y sostener un nivel de aprobación que si bien es menor al de otros presidentes a la mitad del mandato, lo mantiene por sobre el 55%.

Sin embargo, esa comunicación diaria, manejada con la participación de preguntadores designados, ha conllevado resultados negativos, desde un demeritamiento en el respeto a la investidura presidencial, al recibir duras respuestas de quienes son objeto de agresiones con o sin fundamento, hasta una preocupante polarización ciudadana.

Todo con un muy bajo nivel.

Es indiscutible la prepotencia personal del mandatario, que impone sus verdades absolutas, fustiga cualquier opinión disímbola y ha llevado a que lo comparen con Luis XIV, el “Rey Sol”, que nos legó aquella famosa “el Estado soy yo”.

La responsabilidad de las decisiones se diluye, se solapan errores y se desvían culpas, en una actitud que baja como cascada, repitiéndose en los escalones del mediocre gabinete de supuestamente honrados e ineptos mudos, y se prolonga a través de una burocracia amedrentada y temerosa.

Ejemplos cercanos de prepotencia e indolencia sobran.

Uno, la tragedia del metro de la Ciudad de México -de la que rehuyó su presencia el Presidente- donde se han acusado unos a otros los funcionarios de primer nivel de su equipo -principalmente Ebrard y Sheinbaum- y llegaron al extremo de manipular los elementos de prueba del dictamen encargado a expertos extranjeros.

El tema se tornó político, de acomodos y negociaciones cupulares, pero no hay culpables ni tampoco responsabilidad frente a las familias de los fallecidos a causa de la negligencia criminal, como tampoco ante el resto de los afectados.

Más cercano aún el caso del hospital del IMSS en Tula, con reiteradas advertencias de que venía un problema por el exceso de lluvias y la crecida de los cauces. No se procedió al desalojo preventivo como tampoco al suministro del oxígeno cuando la emergencia ya era tragedia en curso.

¿Para que ir tan lejos si aquí en Coahuila tenemos el caso de la Carbonífera?

El desorden generado por el cóctel de prepotencia e indolencia de Manuel Bartlett y Luisa María Alcalde han hecho resurgir un círculo negro de corrupción, explotación, accidentabilidad y muertes que iba en reducción.

Uno adjudicó arbitrariamente contratos de adquisición sin tener idea de la calidad y legalidad de las operaciones de suministro.

La otra mantiene al equipo de inspección y control como adorno burocrático, sin los mínimos recursos materiales para cumplir una imprescindible función que debía garantizar seguridad y vidas.