Opinión
Sábado 04 de Diciembre del 2021 07:49 hrs

¡AL HUESO!

Destruir sin visión de construir


En su conjunto, sin embargo, todo ese absurdo modelo de populismo improductivo palidece ante los multifacéticos impactos nocivos de la propuesta de contrarreforma eléctrica

“Es de suyo peligroso tener razón cuando el gobierno está equivocado”. François Marie Arouet, Voltaire.

Los hechos confirman que lejos de cumplir esas expectativas de un mejor México que sembró al menos en los últimos de los 18 años de campaña electoral, López Obrador ha sido básicamente un destructor de buenas o malas obras, acciones e instituciones del pasado, con nula capacidad para entender su momento y construir futuro.

Sus únicas tres obras visibles -realmente tres tercos caprichos- son poco más que las ilusorias fachadas utilizadas en cinematografía para crear falsas imágenes.

En su proyecto insignia, el aeropuerto de Santa Lucía, echó a la basura inversión ya efectuada por más de 332 mil millones de pesos y adicionalmente tendremos que pagar bonos a inversores por otros 84 mil millones.

Ello, además de soslayar las prevenciones de riesgo aéreo e inoperatividad que han hecho constar organismos internacionales y las propias aerolíneas, que están siendo subrepticiamente presionadas desde la SCT para utilizar esa terminal ¨patito¨.

Para vergüenza de Felipe Ángeles -cuya memoria merece mayor respeto-, el aeropuerto es mas pequeño que el de Guadalajara, no tiene lógica aérea, no representa la solución vanguardista que requiere el país y resulta complicada para empresas y viajeros.

Igualmente, a diferencia de los ferrocarriles que Porfirio Díaz desarrolló con visión económica y trazos que siguen operando, sin contar su impacto ecológico, el denominado Tren Maya es una obra faraónica sin destino y está costando mucho más de lo presupuestado: los requerimientos previstos suman más de 320 mil millones de pesos.

En los hechos, el tren ha enfrentado rechazos de pobladores que obligaron a variar el curso original y terminará siendo carga permanente para el Estado, porque con el previsto desinterés de los turistas en gastar tiempo en una selva que ofrece muy poco, terminará como una especie de subsidiado tren suburbano. Eso, si los lugareños lo utilizan…

Se suma la petroquímica de “Tres Bocas” -así le dicen en los corrillos políticos y no es difícil comprender el porqué-, un proyecto que reafirma las incoherencias que dominan y singularizan la visión del habitante de Palacio Nacional.

El mundo se empeña en dejar atrás la era irresponsable de los combustibles fósiles, la capacidad petrolera de México va en declive, decae el interés de potenciales inversores por desconfianza y el actual gobierno se obstina en un elefante blanco.

Se le destinan 200 mil millones de pesos al momento, recursos que con una visión coherente con la realidad bien podrían haberse enfocado en adquisiciones urgentes como instalaciones y suministros médicos o imprescindibles obras públicas en todo el país.

Financieramente, los tres caprichos presidenciales, a los que se suman todos los que llevan apellido “bienestar”, tienen como denominador común carecer de proyección económica sustentable y representar por tanto agobiante carga presente y futura para el erario.

En síntesis, un círculo negativo creciente, en que se ha generado una cauda de múltiples gastos de beneficio político, sin soporte financiero, a la vez que propicia una polarización que lastra el potencial emprendedor del país.

Además de basarse en una visión fuera de tiempo, ilusoria y alejada de toda planeación razonable, con diversas regresiones se desalienta la gestión privada generadora de empleo y desarrollo, inversión que el mismo gobierno no tiene posibilidad de reemplazar.

En su conjunto, sin embargo, todo ese absurdo modelo de populismo improductivo palidece ante los multifacéticos impactos nocivos de la propuesta de contrarreforma eléctrica.

PEMEX y la CFE son pruebas palpables de que, en manos del Estado, en las empresas florece la peor burocracia, son mal administradas, se constituyen en nidos de vicios, representan botín para unos y un alto costo para la sociedad que las mantiene.

A su vez, a nivel mundial -con excepción de China y su economía de planificación centralizada- las naciones de mayor desarrollo tienen como denominador común la libre competencia de empresas privadas en todo el sector energético.

La fórmula de éxito está en un normado y estrictamente aplicado marco jurídico de control por parte del estado, a fin de garantizar el interés nacional en un área estratégica y a por tanto asegurar protección para los consumidores

Entrelíneas, precisamente a ello se refirió la laureada economista Ifigenia Martínez en su relevante discurso en el seno del Senado, cuando apoyó la necesidad de regular con mayor rigor y proyección al sector energético, pero con visión de futuro asentó una lección para el ausente: el camino no está en el control de las empresas, sino en la rectoría del Estado.