Opinión
Sábado 22 de Enero del 2022 21:25 hrs

¡AL HUESO!

Prisionero de la cronofobia


La agresión golpea no solo a la UNAM, sino a toda la universidad, y defender a la UNAM es defender ese saber que nos debe abrir camino para superar etapas grises como la actual

“El problema de las mentes cerradas es que siempre tienen la boca abierta”. Mafalda.

Universalidad.

Todos por todo.

Todos en busca de todo el saber.

Decenas de conceptos se han utilizado desde antiguo para delinear definiciones de universidad.

Colectividad, pensamiento, libertad, sabiduría, inteligencia, globalidad, conocimiento, amplitud, tolerancia, comunidad, pluralidad, inclusión, reflexión, motivación, pasión, avance y, en sus mejores términos, rebeldía, confrontación, agitación, cambio…

La más simple y célebre de las definiciones, porque sintetiza la esencia, se le adjudica al rey castellano Alfonso X, “El Sabio”: conjunción de maestros y estudiantes, en algún espacio, con voluntad y acuerdo para alcanzar el conocimiento.

Ni en los regímenes más autoritarios y cerrados han osado dar cabida a conceptos como sumisión o adscripción, que son precisamente los subyacentes en las diarias diatribas que en las últimas semanas le ha dirigido López Obrador a la Universidad Nacional Autónoma de México.

Como es costumbre dentro de su rupestre estilo político, la agresión mañanera, a sabiendas que la reacción del mundo del pensamiento sería amplia, rápida y ruidosa, generó la polémica para desviar la atención nacional de sus fracasos. El último, la naufragante reforma eléctrica barttleana repudiada dentro y fuera del país.

Sin embargo, no es solamente eso.

Una vez más, la verborrea deja traslucir la psiquis.

Para quienes no habían percibido en sus más de cinco lustros de vida política el corto alcance de su intelectualidad, los diarios planteamientos y los nulos resultados de su gestión de gobierno lo están demostrando.

No fue un estudiante que marcara huella en algún campo dentro o fuera de la propia UNAM y, de acuerdo con una observación clínica a partir de sus conceptos más repetidos, mantiene en lo íntimo una permanente actitud hostil hacia la academia.

A menos, claro, que un intelectual y su pensamiento le sean usables.

No establece diálogo, no confronta ideas, solo agrede, busca aplastar e imponer su verdad absoluta. Si ve cerca ser derrotado por la lógica y la razón, huye.

En esencia, teme a la sabiduría, no sabe escucharla, le incomoda y exige una sumisión que denomina “honestidad”, prueba de lo cual es la paupérrima calidad de su equipo gubernamental.

No tiene la estatura del estadista que puede rodearse de inteligencia y administrarla.

Incapaz de delinear futuro, se refugia en un pasado que idealiza, aunque el propio e insoslayable devenir de la humanidad hace imposible la regresión.

Y allí, en el sentido del cambio, está la distancia mayor con la academia.

Cuando quiere caminar hacia sus quimeras, el saber lo frena, se lo enrostra y le anticipa el fracaso.

Así sea con una rebeldía mediatizada como la que resiente hoy el país en todos los ámbitos, la universidad en su esencia busca empujar hacia el futuro.

La universidad no marcha atrás, porque la universidad siempre es mañana.

En la comunidad de la universidad está el conocimiento, ese patrimonio que será catapulta de quienes -desde dentro o posteriormente desde sus frentes de trabajo- generarán el cambio, el avance, el desarrollo de la sociedad en todos los aspectos.

Por ello, la agresión golpea no solo a la UNAM, sino a toda la universidad, y defender a la UNAM es defender ese saber que nos debe abrir camino para superar etapas grises como la actual.

La agresión llama a cerrar filas, para impedir que los oídos vuelvan a tener paredes.