El vuelo del traidor a la Patria y el simulador: Bonilla y Noroña, alianza que hiere a la patria
Cuando la congruencia se estrella contra el fuselaje del oportunismo
Infamia en el aire
En la historia de los pueblos hay gestos que no se olvidan. No por su grandeza, sino por su infamia.
El 11 de julio de 2023, sobre los cielos de Baja California, voló algo más que un avión privado: voló la máscara de la congruencia, el disfraz de quien presume ser defensor del pueblo, el velo de la ética que algunos aún presumen vestir.
Desde Ensenada hasta San Quintín, el Cessna XB-ORP surcó el aire con un pasajero ilustre: Gerardo Fernández Noroña, la “corcholata” del Partido del Trabajo, quien descendió en tierra como si fuera tribuno popular, pero había llegado como huésped de un traidor.
El anfitrión del espionaje
El anfitrión del vuelo fue Jaime Bonilla Valdez, exgobernador de Baja California, hoy reafiliado al Partido Republicano de Donald Trump. Según documentos oficiales y reportajes de medios estadounidenses como el Los Angeles Times y el San Diego Union-Tribune, Bonilla fue informante del FBI, grabador clandestino de sus colegas en el Otay Water District, y operador financiero con vínculos al Cártel de Tijuana.
Bonilla grabó conversaciones bajo instrucción del FBI, incluyendo una en la que se discutía un pago de un millón de dólares a un funcionario del distrito de agua. Además, fue donante del senador republicano Duncan Hunter, quien ha propuesto públicamente la invasión militar de México.
Ese día, Noroña no solo aceptó un favor logístico. Aceptó el abrazo del espionaje, el financiamiento del doble discurso, el privilegio de quien ha traicionado a su tierra y presume haber denunciado a la gobernadora Marina del Pilar ante el gobierno norteamericano.
Por menos que eso, los militantes de Morena gritan “traición a la patria” contra otros. ¿Y esto? ¿Qué nombre merece?
¿Y qué hizo Morena ante esto? Nada. Silencio. Complicidad. Aplausos en sordina.
Porque cuando la traición viene vestida de aliado, se vuelve invisible. Porque cuando el avión lo paga un infiltrado del FBI, pero la causa es “de izquierda”, se vuelve legítimo. Porque cuando el discurso se acomoda al interés, la ética se vuelve opcional.
El rompecabezas de la incongruencia
El acto en San Quintín se presentó como “Asamblea Informativa”, pero fue —como tantos otros— un mitin disfrazado, un ejercicio proselitista encubierto. Lo grave no es solo el uso del avión, sino el origen del favor.
Bonilla no es un empresario cualquiera. Es el protagonista del libro Jaime Bonilla: Crónicas de un Infiltrado del FBI, donde se documenta, con fuentes verificables, su papel como informante extranjero, sus vínculos con operaciones de lavado, y su doble militancia: la que presume en México y la que ejerce en Estados Unidos.
Entre 2012 y 2016, Bonilla fue candidato y director del Distrito de Agua de Otay en San Diego, mientras era Diputado Federal en México y dirigente de Morena. Los registros apostillados de su comité de campaña en California, certificados por el Estado, confirman su ciudadanía estadounidense activa y su doble discurso, anodino, monocorde y genuflexo.
Además, impulsó desde ese cargo la construcción de una planta desalinizadora en Rosarito, violando normativas ambientales y legales en ambos países, sin consulta pública ni transparencia contractual.
Esto no es de izquierda ni de derecha
Noroña suele descalificar a sus críticos ubicándolos en “la derecha”, como si eso bastara para evadir la crítica. Pero esta denuncia no nace de una trinchera ideológica. Nace del sentido común, de la memoria pública, de la ética elemental.
Porque Noroña no ha participado en ninguna causa real de la izquierda mexicana. Su rebeldía es de utilería, su discurso es de ocasión, y su congruencia se estrella cuando acepta favores de un agente de inteligencia extranjera.
Porque cuando la traición viene vestida de aliado, se vuelve invisible. Porque cuando el avión lo paga un infiltrado del FBI, pero la causa es “de izquierda”, se vuelve legítimo. Porque cuando el discurso se acomoda al interés, la ética se vuelve opcional.
A Lily Téllez la quieren desaforar por hablar. A Bonilla lo premian por lavar dinero. A Noroña lo celebran por ser incongruente y presumirlo
Y yo, que crecí con la ética cardenista tatuada en la sangre, no puedo callar ante esta farsa. Porque la traición a la patria no se mide por el color del partido, sino por la congruencia entre palabra y práctica. Y en ese vuelo, en ese silencio, en esa complicidad, Morena cruzó la línea que tanto dice defender.