Opinión
Viernes 22 de Octubre del 2021 05:41 hrs

¡AL HUESO!

Grave daño democrático


Con la farsa se generó un daño político censurable y grave: el fracaso de la consulta nos llevó a debilitar apenas nacido un instrumento destinado a fortalecer nuestra cada día más débil democracia

“La historia no se vota ni se bota, la justicia se aplica, no se somete a la opinión popular”. Porfirio Muñoz Ledo.

Han sobrado análisis de lo que fue la patética consulta ciudadana del domingo 1 de marzo, en que se registró un indesmentible desaire de la población, a tal nivel de que ni siquiera el principal promotor de ese desairado ejercicio participativo concurrió a votar.

Como quiera se miren las cifras, según se comparen o se presenten, lo cierto es que la concurrencia de poco más de un 7% de la lista nominal de electores fue un fracaso rotundo y no hay explicación que cuadre para que el Presidente lo presente como un triunfo de la democracia.

Hacia adentro, López Obrador saca provecho del descalabro analizando porqué y donde falló su muy costosa maquinaria electoral, pero esa ventaja personal es nada frente a lo gravemente negativo.

Más allá de calificarlo como un triunfo o una derrota, lo delicado y realmente trascendente es que él, precisamente, es responsable de daño político causado por la banalización de un ejercicio ciudadano que merecía la mayor seriedad.

La consulta es un instrumento para ser utilizado en definiciones nacionales trascendentes, y así sucede en las democracias avanzadas que lo sostiene como un alto derecho ciudadano, y no un juego destinado a manipular y distraer, como en este caso.

Sobran temas del presente -seguridad, economía, salud, por ejemplo- en que, vistos los desastres actuales, seguramente la ciudadanía se movilizaría para expresar su opinión, pero no lo hizo ante un tema ya banal.

Recordemos que primero López Obrador aseguró en campaña y en los primeros meses de su gobierno que no tenía interés personal en perseguir a los exmandatarios y de haber algún delito era tarea de la Fiscalía y los tribunales. En especial, sin nombrarlo, lo reiteró en el caso de Peña Nieto.

Dado que para el resto de los expresidentes cualquier delito está prescrito, su antecesor era el único juzgable, pero como se ha hecho evidente, existe un pacto, basado con seguridad en la información de inteligencia sobre las finanzas del actual mandatario que posee Peña.

Finalmente, culpando a la opinión pública de presionarlo, López Obrador hizo aprobar una pregunta anticonstitucional y jurídicamente absurda, que la Suprema Corte hubo de reformar para evitar hacerse cómplice de una ilegalidad y la dejó como un intrilinguis amorfo sin sentido práctico, texto bumerang que alcanzaba incluso al propio promotor como sujeto de juicio.

Comenzó un largo juego manipulador en que el Presidente asumió el papel de Poncio Pilatos, se declaró presionado por “el pueblo bueno”, un día dijo que no participaría y al siguiente que sí, pero finalmente no lo hizo, aunque fue quien generó directamente todo lo necesario para banalizar una vez más la expresión ciudadana.

Como explicar, si no, que los activistas de sus múltiples instancias electoreras con apellido bienestar en los últimos días hayan empujado la consulta, pero ni siquiera la militancia de Morena concurrió finalmente a las urnas.

Así, en esos otros datos tan de moda, es posible leer a la inversa el 7% que festina López Obrador, porque con su ausencia un 92% de los electores desestimaron llevar a juicio a los expresidentes, no creyeron que lo fuera a concretar o simplemente cayeron en cuenta que eso no iba a resolver ninguno de nuestros graves problemas actuales.

Por ello, con la farsa se generó un daño político censurable y grave: el fracaso de la consulta nos llevó a debilitar apenas nacido un instrumento destinado a fortalecer nuestra cada día más débil democracia.

En definitiva otro de los ramplones juegos políticos del sexenio, la consulta ciudadana terminó del tamaño de las que acostumbra de mano alzada y en la cual no ganó nadie pero terminamos perdiendo todos.